Para los fanáticos de “Games of Thrones” aterrizamos en “King’s Landing”. Para el resto de los mortales, llegamos a Dubrovnik. Esta ciudad, al estar todavía rodeada de murallas y fortificaciones como en la antigüedad, fue elegida para grabar varias escenas de la mencionada serie. Caminar entre las laberínticas callejuelas del centro histórico nos retrotrae inevitablemente a tiempos antiguos, cientos de años hacia atrás.

La ciudad se encuentra al pie de la montaña San Sergio, cayendo en picada sobre el Mar Adriático y ello redunda en unas vistas espectaculares desde prácticamente cualquier lado. Pero no todo lo que reluce es oro, y lo sufriríamos cuando nos toco subir miles de escaleras con la mochila al hombro para llegar a nuestro alojamiento. Nos instalamos finalmente en el departamento que habíamos reservado por Airbnb, donde nos recibió una familia amorosa. El dueño de la casa era el único que sabía inglés, a diferencia de su mujer y su madre que solo hablaban croata. La mujer nos sonreía sin parar y nos decía cosas en croata, como si entendiéramos algo. Su suegra también buscaba ayudarnos con cualquier cosa que necesitáramos. Se notaba que querían hablar y charlar, pero la barrera idiomática solo nos dejaba comunicarnos mediante señas y prodigarnos sendas sonrisas constantemente.

La llegada a Croacia marco una nueva etapa en el viaje. Como ambos teníamos la suerte de haber conocido con anterioridad la parte de Europa más “típica” (Roma, Paris, Londres, Madrid, Barcelona, etc.) habíamos decidido corrernos un poco más hacia el Este. A pesar de ello, al bajar en este país ya no sentíamos el asombro a cada paso como en Asia y África. Lo que veíamos era más occidental, más parecido a lo que estábamos acostumbrados. Esto no quita que lo que veíamos era increíble. Caminando sobre la muralla, viendo la ciudad que la misma protegía hacia un lado y disfrutando unas vistas inigualables hacia el otro.

La ciudad bullía de movimiento, lleno de turistas que disfrutaban los miles de restaurantes y barcitos, uno más pintoresco que el otro.

Y cuando el calor apretaba, nada mejor que visitar las playas cercanas para refrescarse en un agua de otro planeta.

El ultimo día despedimos Dubrovnik tomando una cerveza helada entre las rocas que se adentraban en el Mar Adriático como queriendo refrescarse en sus encantadoras aguas.

Temprano a la mañana nos tomamos un ferry que nos deposito en Hvar, una isla con playas de ensueño.

Esta ciudad también tiene un antiguo centro histórico con su catedral y una fortaleza, pero su mayor atractivo son sus playas y la movida nocturna. Conocida como la Ibiza de Croacia, atrae mayormente a gente joven que viene a disfrutar sus playas de día y su joda de noche.

La movida arranca con el after en la playa, sigue en los barcitos del centro y termina en Carpe Diem, un boliche que queda frente a la isla y al cual se llega en un bote taxi.

Otra opción durante el día es visitar las islas Pakleni. La mayoría de ellas están deshabitadas, pero puede llegarse en taxi boat o alquilando un bote o lanchita directamente, algo muy habitual en Hvar. Las playas no dejan de impresionar. Para ser exactos, el agua y los magníficos paisajes que a uno lo dejan boquiabierto, las playas en si son de rocas o piedras y muy incomodas para los improvisados como nosotros que caen con solo un pareo (varios caían con esterillas o hasta colchones inflables).

Nos dedicamos estos días a descansar, disfrutar las diferentes playas y deleitarnos con sus fantásticos atardeceres.

Un ferry nos deposito en Split, desde donde nos tomamos un bondi a Zadar. La primera vez que habíamos escuchado de esta ciudad fue al hojear una revista en el avión de Tanzania a Croacia. Nos había llamado la atención algo sobre un órgano que sonaba con las olas del mar y otra cosa sobre un saludo al sol que no entendimos bien en qué consistía en el escueto artículo. Basados en este presentimiento, decidimos agregarla a nuestro itinerario. No nos arrepentiríamos para nada. Atravesamos el centro histórico para llegar al órgano. Estas pintorescas callecitas están llenas de heladerías, mercaditos, vendedores de artesanías, músicos callejeros y pintores.

Después de deambular distraídamente entre todo esto, llegamos al famoso órgano. Vimos varias personas sentadas en unos escalones de mármol que desembocaban en el mar escuchando una relajante melodía que no veíamos de donde salía. Resulta que bajo los escalones se encontraban una serie de tubos contra los cuales las olas empujaban y generaban esta extraña música. Este órgano marino es un instrumento musical experimental y fue creado en el 2005 por el arquitecto Nikola Bašić. Estuvimos un buen rato ahí hasta que a Vicky dejo de parecerle relajante y decidimos seguir nuestro recorrido.

Cerca de ahí se encuentra el saludo al sol. Llegábamos sin expectativas y nos encontramos con un círculo de 22 metros de diámetro compuesto de 300 placas de vidrio que recogen la energía solar durante el día. Cuando el sol desaparece, unas luces de LED utilizan esta energía y se genera un espectáculo multicolor que atrae a grandes y a chicos por igual.

Esta obra junto al órgano (ambas obras del mismo arquitecto) son unas de las principales atracciones de Zadar. Pero esto no es lo único que hace tan especial a este lugar. Al día siguiente nos prestaron unas bicis en el hostel y salimos a recorrer las distintas playas. A medida que nos alejábamos nos parecían cada vez mas paradisiacas. Casi sin gente, una tranquilidad absoluta y un mar tan claro como el alba.

Este es un destino de Croacia que tal vez no es tan conocido, pero a nosotros nos pareció un lugar encantador y que sumo muchísimo a nuestra estadía en este país.

Habíamos visto por internet unas fotos del Plitvice Lakes National Park y nos pareció que podía valer la pena visitarlo. Con esto en mente, sacamos un bondi desde Zadar hasta los parques y nos quedamos a dormir en una hostería cercana para arrancar a primera hora del día siguiente porque habíamos leído que se llenaba de gente. El bondi se había atrasado y por lo tanto llegamos de noche a la parada. La misma esta justo en frente del parque (que a esa hora estaba cerrado) pero a 2 kilómetros de nuestra hostería. Con nuestras mochilas a cuesta tuvimos que caminar esos 2 kilómetros por la oscura banquina de la ruta iluminando con la linterna del celular.

A la mañana temprano nos levantamos y el paisaje alrededor nuestro nos encanto. Estábamos en el segundo piso de una pequeña casita rodeados de verde y miles de árboles. Arrancamos para el parque por la misma banquina de la noche anterior pero ahora con mejor visibilidad. Íbamos con nuestras mochilas a cuesta otra vez porque al final del día nos tomábamos un bondi desde allí mismo con destino a Zagreb. Por suerte hay un lugar en el parque donde se pueden dejar las valijas de forma gratuita. Este parque, creado en 1949, es el parque nacional más grande de Croacia con casi 300 kilómetros cuadrados y fue incluido en la lista de la UNESCO en 1979. Aparte de los miles de lagos y cascadas, está lleno de pájaros y con suerte pueden llegar hasta verse al característico oso marrón y lobos. Según lo que nos comentaron, en Plitvice siguen existiendo las mismas especies que existían antes de la llegada del hombre al lugar, una cosa poco común en cualquier otra parte del mundo.

Existen tres recorridos del parque. Uno corto, otro medio y uno largo de 3, 5 y 7 horas de caminata aproximadamente. Nosotros elegimos el medio ya que incluía un paseo en barco cruzando el lago más grande del parque. Caminamos entre lagos y cascadas, nos internamos en cuevas, observamos diferentes peces a través de la cristalina agua…en fin, disfrutamos de la naturaleza en su estado más puro.

Más de un millón de personas visitan este parque cada año. Por suerte habíamos ido temprano porque cuando estábamos volviendo ya a la tarde la cantidad de turistas era abrumadora, tanto que ambos coincidimos en pensar que la experiencia no hubiera estado tan buena como estuvo si hubiéramos arrancado mas tarde.

Al terminar el día, nos tomamos el bondi que nos dejaba en la capital del país. Si bien no estaba en nuestros planes visitar Zagreb, no nos quedo otra ya que el bondi a Budapest saldría desde allí al día siguiente. Llegamos entonces a la tardecita y la noche la pasamos tomando cerveza y charlando con los que allí estaban. Una chica de Estonia que para nuestra sorpresa extrañaba el frio de su país natal, un holandés que había viajado por todos lados y un colombiano y un peruano que vivían en Varsovia. La velada se extendió hasta altas horas de la madrugada enganchados con la visión de un colombiano sobre Pablo Escobar, como esto les imposibilita la entrada a varios países y los complica con otros o hasta como le había sucedido un par de veces que al decir que era colombiano en una fiesta alguno siempre terminaba pidiéndole cocaína. Esto es lo lindo de los hostels, uno tiene la posibilidad de conocer gente de todos lados del mundo y conocer más sobre sus respectivos países y experiencias de vida.

En el desayuno coincidimos con Franco, otro colombiano (los colombianos pudieron empezar a visitar Croacia sin problemas recién desde Diciembre de 2015). El vivía en Canadá, trabajaba seis  meses y los otros seis del año meses viajaba por el mundo. Hacía tiempo que vivía en Canadá y su mayor interés en obtener el pasaporte de dicho país era para poder visitar países que hoy en día con su pasaporte colombiano no era posible.

Salimos a recorrer la ciudad. Como era domingo estaba todo muy tranquilo, pero igual pudimos ver un par de mercados, entre ellos el de Doloc que existe desde 1930 y donde se pueden encontrar frutas, verduras, artesanías y flores entre otras cosas. Allí cerca se encuentra la Catedral de Zagreb. El edificio original era de 1093 pero el que está hoy es uno más moderno ya que debió ser reconstruido por guerras y hasta un terremoto. La plaza Ban Jelačić no tiene gran atractivo, más que la estatua ecuestre de Josep Jelačić y de ser el centro de la ciudad, pero está a pocos pasos de la Catedral.

Recomendable caminar por la calle Tkalčićeva, una callecita con barcitos y restaurantes donde está la movida, ideal para comer algo local o tomarse una cervecita helada.

Como todo está cerca, seguimos caminando hasta la Iglesia de San Marcos, una iglesia del siglo XIII con su característico tejado.

En el camino pasamos por la Kamenita vrata (Puerta de Piedra), la única puerta de acceso que aún se conserva de las antiguas murallas de defensa. Hay una capillita y unos bancos a cada lado de la calle donde se llena de peregrinos rezando. Es muy raro ir caminando por la calle y pasar justo por el medio de este lugar.

Después de la iglesia fuimos a la zona de la Torre Lotrščak, donde se obtiene una linda vista de la ciudad. Visitamos un par de parques, el Botánico y a la tardecita nos tomamos el bondi que nos depositaria en Budapest.

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