Vuelven los olores, las mujeres cubiertas, las bocinas, los colores, los puestos de comida, los regateos (“do you want to see”, “entra a ver, no tienes que pagar por mirar”, “lady good price”)… estamos en África pero nos sentimos como en Asia.

Fue aterrizar en Tánger y encontrarse con una muchedumbre esperando tras las vallas quien sabe que. Empezó el regateo con los taxis (el único medio de transporte a la ciudad) sin ningún éxito aparente. De repente, uno dijo que nos llevaba por el precio que pretendíamos, pero que tenía que dejarnos en una estación de servicio cercana unos 15 minutos y después nos buscaba de vuelta. Esos 15 minutos de espera en una estación de servicio en medio de la nada fueron larguísimos ya que no estábamos seguros si volvería, no entendíamos mucho que iba a pasar. Al rato por suerte volvió y seguimos viaje a la medina. Íbamos medio desconfiados y Vicky no tuvo mejor idea que chusmearle su charla de whatsapp por arriba del hombro. Lo que llego a leer fue “los quiero hacer explotar a todos…en un rato voy para ahí”. Esa frase, totalmente desprovista del contexto de la charla (probablemente tenía un mal día, como cualquiera de nosotros cuando dice “lo mataría…” pero sin decirlo en serio) hizo que Vicky se empiece a hacer toda la película y quisiera bajarse inmediatamente del taxi. Por suerte al poco rato freno y nos dijo llegamos. No había terminado de frenar el taxi cuando Vicky ya se había bajado, agarrado las valijas y arrancado a caminar. Por suerte al poco rato ya íbamos riéndonos de toda la película que Vicky se había hecho.

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Llegamos al hostel después de deambular un poco por la medina y nos recibió un viejito amoroso. Al darle los pasaportes para registrarnos, Vicky no tuvo mejor idea que darle el uruguayo por las dudas que se lo pierdan, ya que venía viajando con el español. Lo veíamos al viejito pasar y repasar las hojas del pasaporte, cada vez con más preocupación. No encontraba un número que te ponen al entrar a Marruecos, que teóricamente es para combatir el terrorismo. Cuando nos dimos cuenta, Vicky le da el español, lo que fue peor todavía. Tenía dos pasaportes! Y porque le había dado el otro? Nos empezó a mirar sospechosamente. Lo que me faltaba pensó Max, quedarnos sin hostel en plena noche por las películas de Vicky. Por suerte logramos tranquilizarlo mientras nos explicaba la importancia de este número, que teoricamente implicaba que Marruecos era más seguro que Europa (hace poco había ocurrido un atentado en Francia). Toda esta charla fue en castellano, ya que al estar tan cerca de España y tener contacto continuamente, una gran parte de la población de Tánger habla español.

Arrancamos a caminar por la medina, perdiéndonos por sus callejuelas, dejándonos impresionar por cada puerta, pintura y graffitti. Miles de niños correteando por todos lados y una llamativa abundancia de gatos. Entre una cosa y otra llegamos a la Kasbah, la ciudadela fortificada de la medina.

Continuamos caminando y cuando nos dimos cuenta estábamos en el mercado central. Primero las frutas y verduras, después las especias, para continuar las carnicerías donde colgaban distintos cortes y hasta las cabezas de las vacas y por último la pescadería, donde el pescado fresco no se mantenía en heladeras sino en baldes con hielo.

Los gritos, los olores y una realidad tan distinta a la de uno que impresiona. Quizás una de las cosas más llamativas es ver a las mujeres tapadas de pies a cabeza al lado de hombres en short y musculosa. Es real esto?

Muchas tiendas, mucha mercadería trucha (salen los Ray Ban, los Michael Kors, las Birkenstock), muchas peluquerías, algunas en pequeñísimos locales y otras hasta en la calle. A veces nos preguntamos si cuando alguien visita nuestros países encuentra tanta vida en la calle. En este país, así como gran parte de los que visitamos en Asia, la vida transcurre en las veredas, es como si sus casas o sus hogares los usaran solo para dormir.

Seguimos recorriendo y nos tiramos en una plaza a descansar. Obvio que al segundo Max estaba durmiendo y Vicky no sabía qué hacer con su ansiedad (eso que había gastado energías corriendo por la espectacular rambla de Tánger).

Nos internamos una vez más en la medina, es increíble perderse por esos recovecos, sentís que nunca terminas de conocerla ya que hay miles de callecitas escondidas, conectadas como un laberinto. Agarramos el mate y nos sentamos en una plaza a observar. Habremos estado dos horas pero parecieron 5 minutos. Era increíble ver lo que pasaba alrededor, mujeres tapadas, gente que volvía del mercado, niños corriendo, vendedores ambulantes y varios personajes más. De la misma forma que nosotros mirábamos maravillados todo esto, también éramos observados con curiosidad. Intrigados por el mate, se nos acercaban y esto funcionaba como disparador de charlas con distintas personas del lugar. Ahora entendemos porque todos los cafés tienen muchas sillas en la vereda mirando hacia la calle, la gente disfruta de eso, sentarse a charlar disfrutando un café o un té verde mirando la vida transcurriendo en la calle.

Llego el momento de abandonar esta ciudad asique nos despedimos de la gente del hostel, no vamos a olvidar a ese viejito que todavía no sabemos si nos ama o nos odia pero que nos recibió con mucha ternura. Tampoco olvidaremos esos desayunos en la terraza donde se disfruta del mejor sol de la mañana con el océano de fondo y charlando con gente de distintas partes del mundo.

Agarramos nuestras mochilas y arrancamos a caminar hacia la estación de colectivos. Eran unos 3 kilómetros pero con nuestro cargamento parecían 20. Llegamos y a las corridas sacamos el pasaje y subimos a un bondi que ya salía para Tetuán pelea de por medio con el valijero que nos quería cobrar el doble por las mochilas. Acá te ven pinta de turista y te quieren cagar. No dimos el brazo a torcer y tras una discusión y una puteada por parte del valijero al verse descubierto, pagamos el precio correspondiente y arrancamos el viaje. Nos bajamos en la terminal de Tetuán y empezamos a caminar hacia la medina. Al llegar nos encontramos con una medina enorme, la cual está separada por sectores. La sección de las telas, las joyas, la ropa, las frutas, las verduras, los pescados, las carnes y un largo etcétera. Obviamente encontrar nuestro próximo hogar en medio de ese quilombo, entre tanta gente y con todas las calles alrededor del Palacio Real cortadas y lleno de policías no fue tarea fácil (después nos enteraríamos que el rey se encontraba en el palacio y por eso estaba todo cortado y había tanta seguridad).

Llegamos finalmente y nos recibió Nordin, una de las personas más mágicas que hemos conocido. Lo primero que hizo fue ofrecernos te y así empezamos a charlar. Nordin, un personaje de unos 55 años (aunque de entrada le dimos mas) que pasa casi todo el tiempo fumando en su sucucho, nos hizo sentir como en casa. Frases como “en la vida vinimos para dejar algo: ya sea una mano, una uña, pero algo”, “hay que aprender de nuestro cuerpo para entenderlo”, “la vida no pasa por esa maquinita (por el celular), está afuera”, “África los va a enamorar”, “Reina no vas a querer irte” y “ mirando a los ojos se descubre lo más lindo de las personas” y todas seguidas de un “Bravo!”, palabra que debe repetir mas de cien veces al día tranquilamente.

Nos quedamos unas horas charlando, tomando cantidades industriales de té y después salimos a recorrer la medina. La misma es patrimonio de la humanidad por la Unesco, tiene varias mezquitas de hace mil años y es tan grande que se necesitan varios días para conocerla bien. Al salir Nordin nos grita, “no coman afuera, cenamos acá”. Esto es lo lindo de conocer lugares, poder conocer la gente, como viven ellos, lo más profundo. Cuando volvimos nos esperaba una riquísima tadjine, plato característico de Marruecos. Éramos nosotros dos, Nordin, Abdel y el Talibán (como lo llamaban ellos) aparte de dos francesas que también se quedaban acá. Todos comiendo con la mano del mismo plato a la usanza marroquí (que difícil es cuando son verduras).

Después de comer, meta te, música y cigarros nos pasamos horas en la terraza contemplando las estrellas, charlando de la vida y conociéndonos un poco mejor.

Nos despertamos y ya estaba el té y el pan en la mesa para el desayuno y con un buen día y una sonrisa arrancamos nuestro día. Estuvimos la mañana ayudándolo con su cuenta de Airbnb (también lo pueden encontrar en http://www.hotelafrica.org). Increíblemente recibía gente pero nunca recibía los pagos por tenerla mal seteada. Decía que la tecnología no era lo suyo asique lo ayudamos a arreglar todo, incluyendo llamadas internacionales mediante. Este día lo pasamos tomando té y charlando. Nos conto de la religión musulmana, del papel de la mujer, de su vida y de sus pensamientos. Cortamos un rato para ir a comprar comida en la medina para cocinarnos algo. Paramos en distintos puestos donde compramos verdura, huevos, queso, pan y  arroz suelto cual locales.

Nos fuimos con tristeza de dejar esta casa, de dejar a Bravo, a Abdel y al Talibán pero nos llevamos amigos y un lugar al que algún día volveremos. Nos sentimos como en casa, nos encontramos con gente que quiso mostrarnos su vida, su mundo y que no lo ven a uno como un mero extranjero de paso sino como uno más con quien compartir experiencias.

Nos tomamos un bondi rumbo a Chefchaouen, un pueblo a unos 90 kilómetros y cuya particularidad es que la medina es toda azul. Rodeados solo de marroquíes y muertos de calor, tuvimos un viaje eterno ya que no solo iba a dos por hora sino que paro hasta a cargar nafta (cosas que solo pasan acá). Llegamos a Chefchaouen, la medina azul, donde los niños, los gatos y el color azul están por todos lados.

Si algo es complicado para alguien que recién llega a una medina es ubicarse, habremos estado una hora buscando el hostel y era imposible. No teníamos una dirección sino solo unas indicaciones que decían “derecha, izquierda y a 180 metros de la Kasbah”. Ni el maps.me podía salvarnos. Esto se veía empeorado porque el camino es todo en subida ya que la medina está en la ladera de una montaña, asique después de un rato dando vueltas, esquivando a los típicos marroquíes que quieren llevarte a cualquier lado para que les des plata, un niño nos guio desinteresadamente hasta la puerta. Dejamos las mochilas y nos fuimos a recorrer. Tiene una plaza central donde está la Kasbah llena de restaurantes, puestos de artesanías y suvenires.

A la mañana siguiente, después de unos mates y charlar con una pareja de argentinos que también estaba viajando, salimos a dar vueltas por la medina.

Perderse entre esos azules callejones es increíble, niños por todos lados jugando, vendiendo tortas, artesanías y contagiando alegría. Y obviamente millones de gatos que todavía no entendemos como en Marruecos hay tantos.

A medida que íbamos bajando hacia el centro de Marruecos, el calor iba aumentando ya que no tenía la fresca brisa de mar. En Chefchaouen ya empezamos a sentir esta mayor temperatura, que iba a empeorar en Fez y Marrakech.

De Chefchaoeun a Fez, nuestro próximo destino, había varios kilómetros y horas de viaje más, por lo que decidimos ir en el bondi de CTA, la empresa estatal marroquí que es un poco más cara pero más cómoda y con aire acondicionado. Arrancamos rumbo a Fez ansiosos por conocer a Omar y su familia que nos iban a recibir en su casa. Bajamos del bondi y empezamos a regatear el taxi, tarea difícil porque acá la mayoría habla francés o árabe a diferencia de la parte de Marruecos de dónde veníamos donde podíamos comunicarnos en español o inglés. Entendernos con los taxistas era imposible, sumándole que obviamente querían cobrarnos el mayor precio posible. Acordamos con uno que nos llevo hasta la puerta de la medina, ubicada a unos 10 kilómetros de la terminal. Apenas entramos a la medina, se nos abalanzaron los miles de marroquíes que esperan cobrarte para guiarte por la medina. Como ya estábamos acostumbrados, los rechazamos y con las indicaciones que nos había dado Omar, después de recorrer varios recovecos llegamos finalmente a su casa. Tocamos timbre y acto seguido apareció Said, un niño de unos 10 años con una sonrisa de oreja a oreja. Sentimos en ese momento que habíamos llegado a un lugar increíble. Entramos y al sentarnos en el living empezaron a aparecer de a poco uno a uno. La hermana mayor con sus morfables dos hijos, la hermana del medio y el hermano menor de unos 6 o 7 años.

La verdad no entendíamos nada, la casa estaba toda en obra y nuestra primera impresión fue de caos. Hasta tenían una oveja adentro de la casa y veíamos que cada vez éramos más, pero a pesar de eso había algo distinto, de una nos hicieron sentir parte de la familia.

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Obviamente no era muy fácil la comunicación, no entendían mucho ingles y menos que menos español. Asique con un poco de señas y monosílabos entre te y te nos íbamos conociendo (es increíble como toman te todo el tiempo, sin importar que haga un calor infernal)

Finalmente llego Omar. Nos esperábamos un marroquí mayor y con un tupido bigote, pero no, era el hermano varón de unos 22 años que sabia ingles a la perfección. Después de algunas indicaciones de él salimos a recorrer la medina. A pesar que ya era de noche, el calor igual era agobiante. En esta parte de Marruecos ya empieza a hacer un calor inhumano, estábamos en verano y las temperaturas no bajaban de 40 grados. Mientras esperábamos la comida, nos llamo la atención un gran bidón con un vaso de lata colgando en plena calle. La gente pasaba, se tomaba un vaso y seguía viaje. Los siguientes días veríamos de estos bidones por toda la medina, claves para que la gente se hidrate al paso con tanto calor. Tras deleitarnos con un típico plato marroquí en un barcito en plena medina, volvimos a casa a dormir.

Lo que no sabíamos era el infierno que nos esperaba en ese segundo piso. Una cama sin sabanas, pero cubierta de gruesas frazadas, un cuarto que había juntado el calor del sol de todo el día y dos minúsculas ventanitas que generaban menos corriente de aire que un soplido. No teníamos ni aire ni ventilador y si lográbamos dormir 30 minutos seguidos era un milagro. Ni siquiera acostándonos en el piso logramos refrescarnos. El malhumor a la mañana era terrible, pero al bajar y encontrar el desayuno esperándonos en nuestro lugar en la mesa familiar, con todos saludándonos con una sonrisa en su cara nos olvidamos inmediatamente de la terrible noche que habíamos pasado. En el desayuno, cuando Omar no estaba, no era tan fácil comunicarnos pero la madre a través de sonrisas y señas nos instaba a comer más y tomar jarras y jarras de té.

Arrancamos la recorrida por la medina. Como todas, tiene mil callecitas con recovecos y miles de locales que vendían fruta, verduras, comida, jugos, carnes carteras y artículos de cuero marroquí, cuadros y cualquier cosa que se les ocurra. Visitamos las mezquitas y madrazas de Fez, entre las cuales estaba la mezquita Al Karaouine, uno de los mayores complejos arquitectónicos de esta ciudad construida en el año 859 y por lo que dicen la primera universidad del mundo.

Visitamos también el Palacio Real, que no es utilizado tanto como el de Tetuán porque el rey no viene mucho a Fez. En el trayecto, pasamos por el parque Jnan Sbil, un oasis de espacios verdes entre tanto marrón.

Otro imperdible fueron las curtiembres. Fez es famosa por su trabajo y producción de productos de cuero, pero la curtiembre realmente nos impresiono. Una vez que encontramos la zona después de atravesar la laberíntica medina, lo primero que nos pego en la cara fue el olor del lugar. Después de esquivar un par de auto ofrecidos guías, nos metimos en plena curtiembre. Este trabajo es realmente insalubre, los que allí trabajan remojaban los cueros en grandes recipientes con agua y varios químicos muy tóxicos sin ningún tipo de protección. Después de remojarlos, ponían los cueros a secar al sol y en otro sector los teñían para darles diferentes colores. La gente que aquí trabajaba se veía bastante demacrada y por lo que pudimos averiguar, muere bastante antes que la gente que no realiza este trabajo.

A pesar del agobiante calor, se nos ocurrió visitar unas tumbas en unas ruinas fuera de la medina. No valían tanto la pena, aunque la vista panorámica que obtuvimos desde ahí compenso la caminata.

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Después de caminar más de 20 kilómetros bajo ese calor, nos tomamos un jugo fresco y decidimos volver a casa, no sin antes volver a entrar a la medina por la puerta azul.

Nos pasamos un rato jugando con los chicos y después de comer todos juntos nos fuimos a dormir. Esta noche, no sabemos si por lo exhaustos que estábamos o porque nos estábamos acostumbrando al infernal calor, dormimos un poco menos peor.

Seguimos recorriendo esta maravillosa medina, sorprendiéndonos cada vez que doblábamos en una esquina nueva. Tras otro intenso día, volvimos a despedirnos de todos ya que teníamos un tren nocturno a Marrakech. La habíamos pasado increíble con esta familia, que a pesar de no entendernos al hablar nos había recibido con los brazos abiertos y permitidonos vivir como lo hace una típica familia marroquí por un par de días. Hasta experimentamos sus baños sin puerta al lado de la cocina, en el cual se bajaba una cortina de tela al entrar. Lamentablemente a Vicky no le aclararon cómo funcionaba (aunque el sentido común nos decía cual era la lógica) y cada vez que iba al baño lo hacía apuradísima para que nadie pasara justo por allí y la agarrara con los pantalones bajos. Después de un fuerte abrazo a cada uno, Omar nos acerco a la estación de tren y partimos hacia Marrakech.

Llegamos a la mañana y al salir de la estación el calor nos recibió como una trompada. En Marrakech el calor es incluso peor que en Fez. Nos tomamos un taxi que nos dejo en la plaza principal de la medina desde donde caminamos hasta el Riad donde nos quedaríamos. Un Riad es una típica casa marroquí con un jardín o patio interior. Hay varios de ellos reformados en Marrakech que se alquilan a turistas hoy en día. Por tres mangos nos quedábamos en un lugar increíble en plena medina. Marrakech es un lugar mucho más turístico que el resto de los lugares que habíamos conocido en Marruecos. Acá hay extranjeros por todos lados y los vendedores te queman la cabeza con ofertas en todos los idiomas al pasar a su lado, pero esta ciudad igual tiene algo que te enamora. Los olores, los colores, la vida en la calle. Recorrimos los palacios, caminamos mil kilómetros para llegar a un parque que resulto una cagada, en el camino nos divertimos con los camellos, comimos en la calle y visitamos mas mezquitas.

Al atardecer nos asombramos con lo más impresionante que tiene esta ciudad, su plaza. Nunca habíamos visto nada igual, esto te retrotrae a otra época, una plaza enorme donde pasa de todo lo que te puedas imaginar, todo a la misma vez. Gente cantando, bailando, juegos cual kermesse en la calle, vendedores ambulantes, lugares para comer y podríamos seguir esta lista interminable. Hay que vivirlo para realmente entender lo que es este lugar, único.

Seguimos recorriendo, o mejor dicho viviendo, la medina de Marrakech los siguientes días, encantados y maravillados no tanto con los paisajes sino con la incesante y bulliciosa vida con la que ebulle esta ciudad. No podíamos dejar de visitar el museo y la madraza donde vimos como vivian los estudiantes años atrás.

La última noche volvimos a la plaza para despedirnos a lo grande de este genial país.

Mas allá de los millones de lugares que tiene este país para conocer (desiertos, medinas, playas, lugares históricos y mucho mas), lo más llamativo es la vida que incesantemente transcurre por las calles de sus ciudades.

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