Descendimos en Delhi y agarramos nuestra valija para unirnos al grupo. Esta era una etapa diferente, viajaríamos con un grupo numeroso y con mas comodidades. Si bien ya pensábamos que era mejor viajar en grupos reducidos, esta etapa término por confirmarnoslo. Se diluye la posibilidad de conectar con la gente del lugar y de apreciar con cierta tranquilidad los distintos lugares. Estábamos llegando al hotel y el barrio era muy lindo, amplio, limpio y muy verde. Esta no era exactamente la idea que teníamos de India. Nuestro asombro no hizo más que aumentar cuando llegamos al hotel 5 estrellas donde nos quedaríamos. Hicimos el check-in y salimos por nuestra cuenta a almorzar algo en las cercanías. No había muchas opciones, un McDonald’s que solo vendía pollo (malditas vacas sagradas) y un par de sucuchos que vendían solo comida vegetariana. Vicky odia McDonald’s y Max odia los vegetales, por lo cual decidieron comer cada uno por su lado. Lo que no tuvieron en cuenta fue lo inusual que es que una mujer ande sola. Fue entrar al local y sentir todas las miradas sobre ella, fue sentarse y sentirse agobiada por la excesiva atención de los mozos. Apuro su inmundo menjunje, que para peor era picante, y abandonó el lugar. Esta diferenciación entre el hombre y la mujer sería una de las cosas que más nos llamaría la atención y la viviríamos más evidentemente los próximos días. Después salimos a dar una vuelta por la zona llegando hasta la India Gate, en cuyos muros figuran los nombres de más de ochenta mil personas que murieron defendiendo al país.

Al otro día volábamos a Varanasi. Llegamos al hotel y en la puerta nos estaban esperando unos rickshaws, una especie de tuk-tuk pero aquí el conductor debía pedalear. Nos dirigimos al templo de la Madre India, mientras recorríamos la ciudad. Aquí se veía muchísima pobreza a medida que avanzábamos. Varanasi es una ciudad de más de 3 millones de habitantes, pero además recibe millones de peregrinos todos los años ya que es considerada una ciudad sagrada por los hindúes. Llegamos a este templo de 1918 y lo que vimos fue una enorme estructura de mármol blanco en relieve en el piso que mostraba las distintas regiones que conforman este enorme país. Mucho más que eso no tiene, aparte de un cuadro con la figura mitológica de la Madre India, y la verdad que la visita nos pareció que no valía mucho la pena.

La próxima visita del itinerario era a una tienda de telas, que utilizaba telares antiquísimos y una técnica milenaria. Aunque las telas eran muy llamativas, no estábamos viendo precisamente lo que nos interesaba de India.

Abandonamos el lugar y nos tomamos un tuk-tuk por nuestra cuenta para ir al Dashashwamedh Ghat. Un ghat es un lugar con escalones que desembocan en una fuente de agua, generalmente sagrada. Hay 87 de ellos en Varanasi que desembocan en el Ganges, de los cuales el de Dashashwamedh es el más importante.

El tuk-tuk nos dejó a un par de cuadras porque no podía meterse más y desde ahí proseguimos a pie. Era un mundo de gente caminando en todas direcciones, gente tirada en el piso e incluso cruzamos una procesión que llevaba un ataúd. Después de caminar varias cuadras entre este llamativo caos, llegamos al Dashashwamedh Ghat. Aquí se estaba llevando a cabo una ceremonia (Gaanga aarti, culto al río que se hace todos los días a las 19 horas) y muchísima gente estaba sentada en las escaleras mirando hacia una especie de escenario. Cuando nos acercamos un poco más, vimos también que estaba lleno de gente presenciando la ceremonia desde botes en el Ganges. La gente nos miraba con curiosidad, ya que no había demasiados turistas aquí. El ambiente está teñido de una colorida atmósfera, los olores de distintos inciensos invadían nuestras fosas nasales y un sordo rumor de conversaciones acompañaba una incesante música. Había hombres, mujeres, esposas, abuelos, hijos, niños, tías, monjes y hasta familias enteras venidas de todas partes de India. Apenas arranco la ceremonia, todo este ruido cesó inmediatamente y solo se escuchaba el tañir de las campanas que golpeaban los conductores de la ceremonia, los brahmanes, mientras el humo del incienso salia del escenario y se dispersaba sobre la extensa multitud. Asombro, miedo, alegría, sorpresa, curiosidad. Es algo difícil de transmitir lo que se vive aquí, es algo muy raro, distinto a todo y las palabras no son suficientes para explicarlo.

En un momento, Max se alejó en dirección al Manikarnika Ghat que se encontraba a unos 300 metros. Este Ghat es el crematorio más grande de Varanasi. Al igual  que habíamos visto en Nepal, aquí se cremaban los muertos y sus cenizas se echaban luego al Ganges, río sagrado. Este crematorio trabaja las 24 horas del día y creman alrededor de 300 personas cada día. Gente de todos lados de India viene a morir en Varanasi. Esto se debe a que creen que si su vida termina en esta ciudad sagrada y luego sus cenizas son tiradas al Ganges, sus almas son purificadas y se garantizan la vida eterna, liberándose de los ciclos de reencarnaciones. Salimos de esta experiencia con ganas de conocer más sobre su religión, su vida y su forma de pensar pero a la misma vez agotados de procesar tanta información nueva. Volviendo, ya en el tuk-tuk, nos cruzamos con una visión desoladora. Algo a lo cual llamar villa sería generoso, donde vimos una pobreza y desamparo que nunca pensamos que podía existir.

A la mañana siguiente veríamos el amanecer sobre el Ganges desde un botecito. En el trayecto, fuimos testigos de varias actividades típicas. Vimos los crematorios, ahora desde el río a donde tirarian las cenizas, la gente bañándose en ese mismo río para purificarse y a otros lavando ropa y golpeándola contra las rocas para secarla. Entre toda esta ropa, se encontraba la de varios hoteles aparte de ropa de distintas familias.

Al bajar del bote nos cruzamos vendedores de flores, unos que te pintaban el tercer ojo (ubicado en la frente entre las dos cejas, es uno de los 7 chacras, simbolizando la sabiduría y la introspección para la comunicación con dios) y varios sadhu (ascetas o monjes). Varios de ellos están allí y solo se dedican a la meditación, pero también se encuentran varios imitadores que se visten igual y te cobran por la foto con ellos.

Volvimos, tomamos el desayuno y salimos a caminar por Varanasi. Durante la caminata vimos la cruda realidad de la pobreza en este país. No era como en otros países donde tal vez te intentaban vender algo o pedir unas monedas, sino que estaban tirados en la calle sin hacer nada, como desahuciados. Había varios que venían desde lejos para, como mencionamos anteriormente, morir aquí y cortar el ciclo de las reencarnaciones.

Nos sorprendimos con el nivel de deidad que tienen las vacas. El tráfico puede ser un quilombo, las bocinas ensordecedora y los gritos insoportables pero si una vaca decide acostarse en medio de la calle, en vez de echarla empezarán a buscar la forma de esquivarla sin molestarla. Esto que para nosotros era una locura, se fundamenta en que hay ciertos animales que son sagrados porque son los vehículos de los dioses. Al menos esa fue la razón que nos dieron a nosotros, pero en un país tan amplio y complicado como India, existen otras teorías que justifican esto. Lo importante al final del día es que las vacas hacen lo que se les canta.

Otra cosa que nos llamó la atención fueron las pocas mujeres que vimos en la calle. En toda la mañana habremos visto miles de hombres, pero las mujeres las contamos con los dedos de las manos. India es una sociedad extremadamente machista, uno de los países con más violaciones y violencia hacia las mujeres, a lo mejor la explicación radique en alguna de esas razones. Aunque en los últimos tiempos se están tomando medidas en el país para tratar de cambiarlo, es probable que tome bastante tiempo cambiar esto culturalmente.

El calor era agobiante, solo caminando ya estábamos transpirando como locos. Como en todas las ciudades, nos gusta visitar los parques y zonas verdes. Vimos en maps.me un parque a un par de kilómetros y decidimos visitarlo para descansar y refrescarnos un poco. Cuando llegamos, nos encontramos con un parque sin pasto casi, pura tierra y algunos manchones de pasto amarillento. En todo el camino, aparte de las vacas que caminaban a su antojo, no paramos de cruzarnos con gente que parecían burros de carga, tal era la cantidad de cosas que cargaban a sus espaldas bajo los más de cuarenta grados centígrados.

Nos tomamos un avión a Delhi desde donde nos tomaríamos un bondi hacia Agra. Llegamos a la nochecita liquidados y nos fuimos a acostar temprano porque a la mañana siguiente iríamos a visitar el Taj Mahal, una de las 7 maravillas del mundo moderno. Fuimos bien temprano para ver el amanecer pero también para evitar la enorme muchedumbre que siempre hay en los lugares muy turísticos y que no nos dejan disfrutar de estos lugares en todo su esplendor.

Apenas cruzamos la puerta exterior, nos quedamos extasiados con la vista que teníamos ante nuestros ojos. Un lugar que siempre vemos en fotos y películas, del que siempre oímos hablar y ahora éramos nosotros quiénes estábamos frente a esa maravilla.

Este edificio fue construido entre 1631 y 1648 por el emperador Shah Jahan como mausoleo para su esposa más amada. Al morir, el también fue enterrado allí junto a ella.

Después de un par de horas de regodearnos con este lugar y una vez que ya se había llenado de miles de asiáticos con sus miles de cámaras fotográficas y sus características poses, nos fuimos al hotel a tomar el desayuno. A continuación fuimos al fuerte de Agra. Esta es la fortaleza más importante de India y tiene distintos estilos de construcciones por tres emperadores distintos. Desde aquí se puede ver el Taj Mahal, vista que “disfrutaba” Shah Jahan desde la prisión en que lo había encerrado su propio hijo.

La excursión se volvía al hotel y daba por finalizadas las actividades del día, pero nosotros decidimos seguir recorriendo. Nos dirigimos al barrio musulmán, donde no nos cruzamos ningún turista. Varias callecitas se enredaban alrededor de una mezquita. Era un ambiente raro, un poco más pesado y donde todos miraban a Vicky cómo desnudandola con la mirada. Estaba lleno de locales de venta, vendedores que pasaban con sus carritos y gente de turbante circulando por ahi pero extrañamente aquí no vimos ninguna vaca (se ve que saben que los musulmanes si comen vacunos). Aunque la mezquita no era la gran cosa, recorrer este llamativo barrio vale la pena.

Desde aquí decidimos visitar el mauselo de Mirza Guiyas Beg, el “Itimad-ud-Daulah”, popularmente conocido como Baby Taj. Lo que no tuvimos en cuenta es que estaba medio en las afueras, por lo cual en nuestra larga caminata pasamos por zonas despobladas donde no cruzábamos a nadie y también por zonas donde todo era un caos, motos, combis rebalsando de gente, carritos de fruta y nuestras amigas las vacas complicando todo más aún.

Finalmente llegamos al Baby Taj. Capaz le erramos en haber ido primero al Taj Mahal, ya que el Baby Taj era lindísimo pero quedaba opacado contra el primero. Lo bueno es que no había ni un solo turista, por lo que estuvimos solos para recorrerlo y contemplarlo tranquilamente.

Dejamos al chiquito para visitar unos parques desde los cuales se veía el Taj Mahal desde el lado de enfrente, cruzando el río. Caminamos varios kilómetros bajo un abrasante sol y en el trayecto nos cruzamos unos asentamientos muy pobres. Los niños, a pesar de esta realidad, cuando pasamos se reían al devolvernos el saludo.

Muertos de calor y cansancio llegamos a los parques, que aparte de la frondosa vegetación tenía una vista espectacular del Taj Mahal. Después de apreciarlo un buen rato, nos tiramos a dormir una siestita a la sombra de un árbol.

Volviendo, nos cruzamos con una imagen que vimos varias veces. Unos chicos armando una canchita de críquet en cualquier lugar para despuntar el vicio, igual que hacemos nosotros con el fútbol.

Cansadísimo y casi derretidos, queríamos ver como acortar el camino. Encontramos un puente de tren enorme que cruzaba el río Yamuna. Mientras lo cruzábamos, miramos para abajo y nos encontramos varias situaciones pintorescas. Por un lado, varias personas lavando y secando la ropa bajo el sol. Unos metros más allá, un solitario dromedario rumiaba tranquilamente. Mientras tanto, un sospechoso grupo de hombres intercambiaba fajos de billetes, vaya a saber uno en contraprestación de que turbio servicio o producto.

Durante todo el día caminamos por zonas menos turísticas y en ningún momento dejo de sorprendernos e impactarnos la pobreza en la que vivían. Los chicos llevaban adelante sus juegos muchas veces rodeados de basura, con una naturalidad que demostraba lo acostumbrados que estaban a esto.

Al volver al hotel, nos pusimos a reflexionar sobre las desigualdades que existen en el mundo. Hace un rato caminábamos por una calle donde la gente a duras penas subsistia y encima bajo un agobiante calor y ahora estábamos caminando por un pasillo igual de largo, pero con nuestros pies descalzos sobre el mármol y una temperatura gélida debido al aire acondicionado. Aunque estas desigualdades en India están llevadas al extremo, sabemos que es una situación que se da en todos los países. Y aunque India es una realidad lejana a la nuestra, nos llevó a preguntarnos que estábamos haciendo nosotors en nuestros paises ante esta situación.

El tercer emperador de Agra, Akbar, había mandado a construir el Fatehpur Sikri como agradecimiento a un sabio que lo ayudó a tener un hijo varón. Este fuerte tardo 15 años en construirse y a los 8 años tuvo que ser abandonado por la fuerte escacez de agua. Durante esos años, en dicho fuerte vivieron sus tres esposas: una cristiana, una hindú y una musulmana. Se notan detalles de cada religión en los respectivos aposentos de cada una de ellas. Al visitarlo, aparte de esto nos enteramos que Akbar, aunque nació en India era musulmán pero respetaba todas las religiones.

Desde Agra nos tomamos un bondi a Jaipur, la ciudad Rosa. Ahí conocimos el Palacio de la Ciudad, el Palacio de los Vientos y el Centro Astrológico, uno de los primeros de la India.

Después fuimos a visitar el Fuerte de Amber, el cual se encuentra a unos 10 kilómetros de Jaipur. Este increíble fuerte construido en 1592 tiene unos bellísimos donde vivía la realeza hasta que se trasladó la capital a Jaipur.

Volvimos en tren a Delhi con el fin de dedicar los últimos días a conocer la capital. Aquí es trascendental la vida de Gandhi. Max tuvo la suerte de visitar el Gandhi Smriti, la casa donde transcurrieron sus últimos 144 días de vida. Era una casa muy grande y bastante lujosa y lo habían invitado a quedarse allí porque pensaban que sería más seguro para el. A pesar de ello, el cuarto donde se instaló era muy sencillo ya que hizo sacar todo y solo tenía lo indispensable.

Un día un fanático entro al jardín donde Gandhi realizaba su rezo diario por la paz en India frente a una multitud y le disparó a quemarropa. Murió y fue cremado en una celebración multitudinaria. Esta se llevó a cabo en el Raj Ghat, donde hoy en día hay un monumento en el lugar que se llevó a cabo.

A continuación visitamos el Museo de Gandhi donde conocimos más en profundidad su vida y sus pensamientos. El soñaba con una India donde no hubiera castas, donde los hombres y las mujeres tuvieran los mismos derechos, donde se viviera en perfecta armonía y en paz con el resto del mundo entre otras cosas. Lo irónico es que en India hoy todavía subsiste el sistema de castas, las mujeres son tratadas interiormente y el ideal de Gandhi parece lejos de realizarse.

De día visitamos la mezquita Jama Masjid del siglo XVII y construida por el mismo que construyó el Taj Mahal. A la noche volvimos a esa zona ya que había una calle conocida por sus puestitos callejeros y sus movimientos. Para llegar nos tomamos un subte, donde nos sorprendió que había un vagón exclusivo para mujeres. Llegando a la callecita arranco un temporal furibundo y se cortó la luz de la zona. Estábamos parados en medio de la nada con chapas volando alrededor. Llegamos corriendo a guarecernos bajo el techo de uno de los puestitos. Al rato volvió la luz y estábamos rodeados de musulmanes, con quienes no nos entendíamos pero nos comunicábamos mediante sonrisas mientras esperábamos que amaine la lluvia. Cuando paro, nos despedimos y salimos a recorrerla. Lamentablemente por el temporal habían cerrado la mayoría de los puestitos y no pudimos disfrutarla en toda su esplendor.

En Delhi se encuentra el Templo del Loto, de la religión Bahá’í. Ellos creen que los profetas y Santos de cada religión son educadores divinos y que el último de ellos, Bahá’u’llah (creador de la religión Bahá’í), vino a comunicar que todas las religiones del mundo vienen de una misma fuente y son distintos capítulos de una sola religión. Ellos creen que la humanidad debe encontrar una visión unificadora del futuro de la sociedad y de la naturaleza y significado de la vida. En este templo cualquier persona de cualquier religión puede entrar a meditar, aunque solo unos minutos porque se arma una cola eterna de gente (imaginense que tiene más visitas que el famoso Taj Mahal).

El último día Vicky se fue a un mercado tradicional y Max se fue a conocer el templo Sihk Gurdwara Bangla Sahib. En el camino, se cruzó con un indio que le hablaba y enseguida sospecho que le quería vender algo. Tras la charla inicial, preguntando de donde era, al escuchar Argentina saco un cuadernito y empezó a pasar las hojas. Sin saber que se venía Max espero hasta que le presentaron la hoja buscada para que leyera. Allí leyó que un tal Alejandro de Argentina recomendaba en castellano al portador del cuaderno como un gran limpiador de orejas! Lo peor era que el cuadernito estaba lleno de recomendaciones en miles de idiomas de gente de todo el mundo. A pesar de tantos elogios, Max prefirió no contratar sus servicios y siguió viaje al templo. El templo Sihk depararía varias cosas interesantes. El templo en si llamaba la atención con los fieles escuchando a los sacerdotes y la enorme fuente de agua sagrada donde se bañaban los fieles para purificarse. Pero lo más interesante era el comedor. Un lugar donde le dan de comer a cualquier persona, sin importar su religión y sin costo. Al entrar, enseguida un amistoso barbudo le hizo señas para que se sentara a comer. Era increíble cómo turno tras turno entraba gente a comer y apenas salían limpiaban el lugar y entraba el siguiente turno. Cientos y cientos de personas alimentadas cada día sin pedir nada a cambio.

India es un país enorme y complicado para el cual se necesita mucho tiempo para realmente conocerlo y poder llegar a comprenderlo un poco mejor. De todas maneras, estos pocos días nos permitieron conocer mínimamente su realidad, desde su angustiante pobreza y su injusta desigualdad hasta su asombrosa riqueza espiritual y cultural.

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