Aterrizamos en Kathmandu y ya las primeras horas sentimos que de acá nos llevaríamos la pobreza pero a la misma vez la buena energía. En el 2014 sufrieron un terremoto que afectó principalmente a la capital del país, causando muchísima destrucción y donde murieron más de cuatro mil personas. Hoy en día todavía se ve todo muy derruido y la reconstrucción va a paso de hormiga ya que no tienen con que arreglarlo. Desde el terremoto, el turismo y los ingresos que genera han prácticamente desaparecido.
Nosotros nos estábamos quedando en la parte turística, pero cuando salimos a dar una vuelta vimos que a diferencia de otros países, acá no pasaba que está zona estuviera en mejores condiciones para recibir el turismo y las otras dejadas de lado, sino que todo estaba igual. Las calles del centro eran de tierra salvo unas pocas cuadras de la calle principal, los locales estaban situados en edificios precarios y con secuelas del terremoto todavía visibles y la limpieza no era algo que caracterizará la zona (imaginense el susto de Vicky cuando entro a comprar un collar y en vez la recibió una rata, que tranquilamente abandonó el cuarto entre las piernas del vendedor). A pesar de todo esto, la energía que percibimos nos contagiaba. Teniendo todas estas contras, la gente igual irradiaba una buena onda y unas ganas de vivir que nos impresionaba positivamente.

Algo que nos llamó la atención mientras caminábamos por ahí era la cantidad de hombres de la mano o abrazados. Incluso era mucho más común ver a dos hombres de la mano que a un hombre de la mano de una mujer. Teníamos la idea que no era una sociedad tan gay friendly, pero parecía que estábamos equivocados. Al final, no era que nos habíamos equivocado, sino que en Nepal es muy común que los amigos salgan a la calle y vayan abrazados o de la mano, sin implicar nada más que amistad.

Esa noche fuimos a comer a un lugar de comida típica y donde a su vez había un show de danza nepali. La comida consistía de varios platos pero lamentablemente eran uno más picante que el otro asique terminamos comiendo kilos y más kilos de arroz blanco para llenarnos. Entre plato y plato, había un baile típico de cada región del país. Si bien al principio nos pareció interesante, después del cuarto o quinto baile ya no queríamos escuchar un zapateo más.

A la mañana temprano, Vicky subió a la terraza del hotel donde todos los días había clases de yoga. Si bien ya había hecho yoga otras veces, el instructor de esta irradiaba una energía especial, generando una paz contagiosa a su alrededor. Tan copada quedó que fue todos los días y hasta convenció a Max de madrugar para ir. La práctica del yoga es altamente recomendable ya que facilita una mayor armonía entre el cuerpo y la mente. No solo el momento de paz interior que se obtiene en la clase, sino que también es interesante aplicar estas técnicas en el día a día ya que podemos enfrentar situaciones engorrosas o enojosas de mejor manera.

Visitamos la estupa Swayambhunath. Subimos varios escalones y al llegar al final nos recibio una vista panorámica de Kathmandu.

Al darnos vuelta, nos encontramos con la estupa, curiosamente rodeada de monos que hacían del templo su morada. Lo más llamativo de la estupa son sus característicos ojos, que simbolizan la sabiduría y miran hacia los cuatro puntos cardinales.

A la misma vez, nos rodeaba una música nepali muy armoniosa y que nos transmitia una gran paz a medida que recorríamos el lugar. Ahí cerca visitamos una escuela de artistas que realizaban mandalas, donde nos explicaron su significado. Lo que para algunos pueden parecer unos lindos símbolos coloridos, en realidad encierran muchísimas historias, de cómo eliminar los miedos para alcanzar el Nirvana. Terminar una mándala podia tomarles desde dos meses a los principiantes hasta nueve años a los maestros más experimentados.

Después fuimos al casco histórico, donde encontramos varios templos centenarios. Aquí el terremoto también había hecho estragos, ya que todos habían sido fuertemente afectados.

Cerca de esta zona se encontraba el Kumari Ghar, el Palacio de Kumari, la diosa viviente. Una Kumari es una niña en la prepubertad y se cree que es la reencarnación de la diosa Taleju hasta que empieza a menstruar. A partir de este momento la diosa se desencarna de su cuerpo y se encarna en otra pequeña niña que es elegida para ser la nueva Kumari. La antigua Kumari pasa a vivir como una chica normal y recibe una pension de parte del gobierno, aunque es muy difícil que logré casarse ya que se cree que quedan perseguidas por una maldición. Esperábamos ver a la Kumari con curiosidad, pero ella no estaba de humor para aparecer asique al rato abandonamos el “palacio”.

Desde ahí salimos para Patán, una ciudad en el valle de Kathmandu. Después de almorzar y recorrer un par de templos llegamos al templo de las ratas, que debía su coloquial nombre a que durante la noche se llenaba de ratas que circulaban libremente por su interior. En este templo había dos sacerdotes por mes, los cuales no podían bañarse ni cambiarse la ropa durante el transcurso de su estadía. Estos sacerdotes no eran más que niños, lo que nos impresionó bastante. Durante ese mes viven en el templo y se dedican a rezar. A continuación fuimos a visitar el templo de la Kumari de Patán. Aquí pasamos a un cuarto de a tres personas por vez, donde entrabamos solo un momento para ver y saludar a la diosa. Tuvimos sentimientos encontrados; la curiosidad nos llevo a entrar pero una vez dentro nos dio tanta lástima que nos queríamos ir. La “diosa” era tan solo una niña sentada en un extremo del cuarto y que no se animaba a mirar para arriba muerta de vergüenza ante la escrutadora mirada de la gente que entraba.

A la mañana siguiente arrancamos visitando el barrio tibetano. Aquí también nos encontramos con un lugar y una música que nos transmitían tremenda paz. En el centro del barrio se encontraba Bouddhanath, la estupa más grande de Nepal y el templo budista tibetano más sagrado fuera del Tíbet. La misma, que vista desde arriba simboliza una mándala, estaba siendo restaurada luego del terremoto pero esto no imposibilitaba que la gente siguiera visitándola para practicar sus ritos religiosos.

En este mismo barrio vimos la réplica de la mándala que los monjes budistas habían hecho cuando el Dalai Lama visitó Estados Unidos. En cada viaje del Dalai Lama, algunos monjes viajan un tiempo antes y realizan una magnífica mándala que es destruida cuando el Dalai parte, para simbolizar lo efímero de la naturaleza material. A continuación nos dirigimos al crematorio de Pashupatinath, donde creman a sus muertos. El ritual consiste en limpiar el cuerpo en el Bagmati, un río sagrado equivalente al Ganges de la India. Una vez hecho esto, se lleva el cuerpo a una pira incendiaria previamente preparada. En este momento, las mujeres se retiran y quedaban solo los hombres. Esto se debe a que las mujeres son más propensas al llanto y el mismo en teoría afecta la liberación del alma que se consigue con la purificación del fuego.

Volviendo de esta movilizante experiencia nos encontramos con un colegio de niños desde los 3 hasta los 15 años. Veniamos de presenciar el final del camino de una vida y ahora nos cruzábamos con los primeros pasos de otras. Llegamos justo en el recreo del almuerzo y sus maestras nos dejaron entrar para pasar un rato con ellos. Cuando nos vieron se revolucionaron y corrían hacia nosotros sin soltar su plato de comida (un menjunje entre polenta y sopa que comían con la mano directamente del plato). Para nuestra sorpresa, hablaban muy bien inglés. Nos quedamos charlando y jugando con ellos un buen rato hasta que se terminó el recreo y debimos irnos.

Desde acá nos fuimos a Bhaktpur, una ciudad cercana construida en el siglo XII y que hasta el siglo XVI dominó política y económicamente a todo Nepal.  Recorrimos la histórica Durbar Square con sus templos y los alrededores.

Temprano al siguiente día salimos en bondi hasta un lugar donde arrancaríamos un rafting de 13 kilómetros y 3 horas hasta un camping donde pasaríamos la noche. El rafting era nivel 3, para ambos estuvo increíble. Sobre el final del rafting, Max salto desde una roca de 5 metros al río y después se dejó llevar por la corriente un buen trecho.

Llegamos al camping y después de una comida típica, se largo a llover. Esta lluvia nos acompañaría toda la noche, pero por suerte la carpa se la banco y dormimos como bebes.

Amanecimos y arrancamos para Chitwan. Las rutas en Nepal son desastrosas y con mucho tráfico, por lo cual distancias de unos pocos kilómetros puede llevar varias horas recorrerlas. La lluvia de esta mañana solo complicaba y enlentecia el traslado en bondi. Finalmente llegamos a Chitwan, una ciudad pequeña pero más turística y con bastantes hoteles, ya que aquí se hace base para visitar el Parque Nacional Chitwan (el primero de Nepal creado en 1973). Nos instalamos y salimos directamente para el parque. Acá nos subimos a un elefante y salímos a recorrer parte de dicho parque.

En un momento, a Vicky se le cayó la funda del celular y no se dio ni cuenta, hasta que el elefante que venía atras lo levanto y se lo pasó al guía. El trayecto venía muy interesante y entretenido, habíamos visto rinocerontes, monos y jabalíes aparte de los elefantes. En un momento pasaron unos jabalíes corriendo a lo lejos y no sabemos porque nuestro elefante y el de atrás se asustaron y empezaron a moverse nerviosamente, en una especie de “corcoveo”. Nos cagamos un poco, casi chocamos con el otro elefante y lo único que se escuchaban eran los chillidos de los elefantes y los gritos de los conductores tratando de calmarlos. Por suerte al rato se tranquilizaron y seguimos viaje pacíficamente.

Cuando estábamos esperando para bajar del elefante, unos chicos que jugaban al fútbol ahí cerquita definieron horriblemente y la pelota vino a parar a los pies de nuestro paquidermo. Inexplicablemente la pateo y de vuelta se volvió a asustar, conjuntamente con el mismo elefante de antes (después nos entraríamos que eran madre e hija y por eso estaban siempre juntas). Acá se pusieron más locas que antes, y las pobres recibíeron bastantes palazos por parte de los conductores que trataban de tranquilizarlos. Con cagazo, Vicky quería bajarse inmediatamente para no seguir a merced de semejantes mastodontes. Por suerte al poco tiempo nos bajamos y pisamos tierra firme.

Volvimos al hotel y decidimos tirarnos un rato después de un extenuante día. Max estaba tranquilamente en su cama cuando Vicky decidió mostrarle unas fotos y se tiró al lado. Inmediatamente se sintió un crack y la cama cedió en un costado, terminando con nuestras humanidades en el piso. Les avisamos a los del hotel que se había roto la cama, pensando que tal vez traerían otra o que nos cambiarían de cuarto. Grande fue nuestra sorpresa cuando cinco minutos más tarde cayeron cagándose de risa y con unos ladrillos de construcción en la mano que utilizaron como soporte en la parte rota. Todavía riéndose, se fueron diciéndonos que les avisemos si necesitábamos cualquier otra cosa. Un rato más tarde, Vicky salió a correr por los alrededores (no vayan a pensar que el hecho antes relatado tenga algo que ver…). Esta corrida fue increíble porque la ciudad está entre montañas y esto provee unas vistas maravillosas.

A la mañana temprano subimos a unos barquitos largos, empujados por un palo largo cual góndola veneciana, para recorrer un río infestado de cocodrilos. A lo largo del trayecto vimos varios cocodrilos tomando sol en las orillas. Como son reptiles de sangre fría y no regulan su temperatura corporal, necesitan del calor del sol para aumentarla. Era un recorrido con una tranquilidad abrumadora, solo se escuchaba el ruido del barco surcando las aguas y los pájaros cantando en la jungla cercana. Mirábamos a los cocodrilos, deseando con una mezcla de curiosidad y cagazo, que se metan al agua con su característico estilo al pasar nosotros por ahí. Se ve que ellos no pensaban lo mismo, ya que ninguno se digno ni a darnos bola. Terminamos el trayecto sanos y salvos y llegamos a una granja de elefantes. Acá criaban y amaestraban a los elefantes. Las elefantes y sus crías más grandes estaban encadenadas, pero los más chiquitos correteaban libremente.

Esta cría no es algo fácil, ya que aparte de comer alrededor de 300 kilos de comida y beber 200 litros de agua por día, los elefantes se reproducen cada 22 meses. Esta visita también nos hizo repensar la visión que teníamos sobre estos animales. Generalmente nos resultan simpáticos y nos parece chocante que sean usados turísticamente para dar paseos, pero en esta parte del mundo se los utiliza desde tiempos inmemoriales como transporte, animales de carga e incluso en las guerras. El mismo uso que le damos a los caballos en nuestros paises y del cual no nos escandalizamos tanto.

Dejamos la granja para ir a darnos un baño con elefantes en el río. Veniamos divertidos con el plan, pero al llegar ya no estábamos seguros. Nos habían dicho que a los elefantes les encantaba jugar con agua y pensábamos que iba a ser algo más natural. Al ver que para lograr que tiren el característico chorro de agua sobre sus espaldas los cuidadores debían continuamente gritarles, pegarles en las orejas y picarlos con un fierro en la ingle, desapareció la magia y preferimos no formar parte de ese maltrato. Capaz era solo una percepción nuestra y debido a su tamaño y fuerza no sentían tanto dolor como pensábamos, pero de todos modos decidimos evitarlo.

A la tarde nos tocaría una “jungle walk”. En un grupo de alrededor de 10 personas con 2 guías armados solo con palos, salimos a dar una vuelta por la jungla con la esperanza de ver leones y osos. Caminando entre los árboles nos cruzamos con varios monos que salían corriendo o saltando entre las lianas a nuestro paso. También tuvimos la suerte de ver rinocerontes. Este majestuoso animal es muy territorial, lo que lo transforma en uno de los animales más peligrosos. Tan es así que uno de los guías nos contó que no hace mucho tiempo habían sido atacados por uno y el y dos turistas que guiaba tuvieron que correr a subirse a un árbol, salvándose por un pelo.

Seguimos caminando y nos encontramos con una cueva donde descansaba un cocodrilo. La cueva tenía una entrada frontal y un agujero arriba, desde donde veíamos al cocodrilo con una falsa sensación de seguridad ya que pensábamos que no podía salir por ahí. Los guías, a pesar que se escuchaban gruñidos por parte del reptil, nos dijeron que no pasaba nada y que podíamos mirar por la entrada frontal también. Dicho esto, alguien se asomó y los gruñidos no hicieron otra cosa que aumentar. Con un poco de cagazo nos alejamos un poco para volver a acercarnos. De repente el cocodrilo pego un salto y sacudió un tarascon por el agujero de arriba. Acá se generó una estampida nuestra para poner una distancia segura entre nosotros y el cocodrilo asesino. Entendiendo su mensaje, y ya desconfiando un poco de nuestros guías, seguimos viaje y dejamos al animal que descanse tranquilo.

Seguimos camino y al rato, pasando al lado de unos matorrales, escuchamos un gruñido extraño. Nos dimos vuelta para preguntarle al guía que cerraba el grupo que era eso y nos encontramos con una cara de susto preocupante. Nos hizo caminar aceleradamente para alcanzar al otro guía e intercambiaron unas palabras en nepali. Después de eso nos hicieron redoblar el paso hasta alejarnos bastante de esa zona. Nosotros sospechamos que era algún leon pero nuestros guías nunca nos confirmaron ni aclararon que había pasado, contestando con evasivas. A esta altura, algunos del grupo estaban arrepentidos de haber venido y querían volverse inmediatamente. Lamentablemente no tenían otra opción que seguir la caminata ya que por seguridad siempre debía haber dos guías. Por suerte se verían recompensados, ya que más adelante tuvimos la grata sorpresa de cruzarnos una manada de bambis que pasaron saltando los troncos caidos a pocos metros nuestros.

Término la caminata por la jungla, con todos sanos y salvos, y nos volvimos al hotel. A la noche tendriamos otra dosis de danzas y músicas típicas. En un pequeño auditorio en el centro de la ciudad, presenciamos distintos bailes con sus respectivas melodías y percusiones. Algunos fueron mejores que otros, pero tras cincuenta minutos de esto ya estábamos listos para irnos. Por suerte nos quedamos, porque el cierre del show fue algo totalmente inesperado. Se venía la danza del pavo real y nos esperábamos un par de bailarines con plumas en la cabeza o abanicos o algo por el estilo. Nos comprobaríamos errados cuando en vez apareció un pavo real gigante, imitando a la perfección los movimientos al compás de una graciosa musiquita. Todo el auditorio se vino abajo ya que nadie se esperaba un cierre así.

Amanecimos temprano y salimos para Pokhara, una ciudad más turística y con un poco más de infraestructura, ya que aquí se hace base para varios trekkings y para encarar el enorme desafío de escalar los Himalayas. Como dijimos antes, los viajes en bondi dentro de Nepal son un calvario. Después de mil horas de viaje llegamos a la tardecita con poco tiempo de luz para recorrer Pokhara. Nos cambiamos y salimos a correr por la ciudad y alrededor del lago, para aprovechar semejante paisaje.

Nos levantamos a las cuatro y media de la mañana con la idea de ir a ver el amanecer en las afueras de la ciudad. Nos subimos al bondi y todavía era de noche. Llegamos al punto indicado y nos sentamos a esperar mientras tomábamos unos mates. Al rato empezaron a despuntar los primeros rayos solares, generando una vista casi celestial.

Nos quedamos contemplando el amanecer hasta que, valga la redundancia, término de amanecer y se nos término el agua del mate. Decidimos entonces volver a la ciudad para recorrerla de día.

Arrancamos visitando templo Bindyabasini, un templo de más de 300 años y desde el cual obtuvimos una vista increíble de la ciudad. También había mucha gente que nos pedía sacarse una foto con nosotros. Más tarde le preguntamos a Ram, nuestro guía, porque era esto. Nos contó que lo hacían porque les daba una especie de status con sus amigos. Como es realmente difícil que puedan costearse visitar otros países, tener fotos con sus “amigos” extranjeros y llamativos cotizaba.

Dejamos este templo y fuimos a ver la Davies Fall. Esta debía su nombre a una mujer que había muerto allí arrastrada por el abundante agua de la catarata. Como nosotros llegamos en temporada seca, el caudal no era tan impresionante. Cerca de allí vimos un riacho cuya particularidad es que estaba compuesto por completo de agua blanca. Dimos una vuelta alrededor de este agua sagrada y después fuimos a ver la Gupteshwor cave. Esta cueva, después de bajar varios metros e internarnos por ella, permitía ver la catarata desde abajo. En el camino dentro de la húmeda cueva, nos cruzamos con una capillita solo iluminada con velas donde algunas personas estaban rezando.

Seguimos camino hacia Shanti Stupa. La misma esta toda pintada de blanca simbolizando la paz mundial, por lo cual es conocida como Estupa de la Paz. Se encuentra a 2100 metros sobre el nivel del mar y llegar a ella nos implicó un trekking medianamente exigente bajo un caluroso sol. Pero el esfuerzo valió la pena, ya que desde allí teníamos una vista privilegiada del Phewa Lake y de toda la ciudad de Pokhara.

Nos sentamos un rato a la sombra de la estupa, en donde no se escuchaba ningún ruido y se disfrutaba de una particular paz. A la vuelta bajamos por la otra cara de la montaña, con la idea de cruzar el lago en un barquito a remo. Al subirnos nos sorprendió que nuestro remero era solo un niño de unos doce años. Como éramos cuatro personas más en el bote, Max se compadeció y agarro otro remo para ayudarlo. Al principio parecía una tarea sencilla, pero el lago era enorme y a medida que avanzábamos los brazos le empezaron a pesar. Decidió descansar un poco, pero el niño siguió remando infatigablemente. Al ver esto, un poco por orgullo y otro poco por culpa, a Max no le quedó otra que hacer un esfuerzo extra y remar hasta llegar a la otra orilla.

Al otro día arrancamos temprano para realizar un trekking que nos dejaría en una pequeña ciudad entre las montañas llamada Damphus. El trekking en si no fue tan difícil, pero estaba plagado de unas pequeñas sanguijuelas que saltaban desde las piedras a nuestras piernas. Uno iba caminando tranquilamente y de repente sentía un pequeño pinchazo. Al mirar hacia abajo, veía como estos bichitos se iban hinchando con nuestra sangre. Una vez que llegamos, nos maravillamos ya que desde la ventana de nuestro cuarto veíamos la cumbre de los Himalayas.

A la tardecita vimos desde el hotel que abajo a un par de cuadras había una cancha de fútbol 11 con dos equipos jugando informalmente. Max se sumó a 10 u 11 jugadores del grupo y bajaron a ver si los dejaban jugar. Al principio no querían terminar su partido pero por suerte después cambiaron de idea y armaron una selección entre sus dos equipos. La cancha era un barrial y con piedras que dificultaban el “jogo bonito”, pero se las arreglaron bastante bien para golear por 4 a 0 a esta “selección” nepali. Al final del partido, el resultado no afectó a los locales que encantados posaban para las fotos.

Al otro día hicimos el trekking en dirección inversa y al llegar a Pokhara nos tomamos otro eterno bondi con dirección a Kathmandu. Nos quedaba un día en esta ciudad y lo cerramos de la mejor forma. A la mañana fuimos a un colegio a llevarles unos juguetes y pasar un par de horas jugando con los chicos. Entramos mientras estaban en clase y nos sorprendió lo bien que hablaban inglés, lo que hizo la comunicación mucho más simple y fructífera. Nos recibieron con su característica inocencia y alegría y enseguida empezaron a intentar llamar nuestra atención.

A la tarde Ram había organizado un partido de fútbol con un equipo local. Se esperaban un partidito así nomás, pero grande fue su sorpresa cuando llegaron y vieron una cancha con redes y bien marcada, con el equipo rival entrando en calor, árbitros e incluso banderines de bienvenida. Era el primer partido internacional de este equipo y estaban hasta sus máximos dirigentes. La cancha se encontraba en una depresión natural, asique alrededor se formaban unas tribunas que lentamente se llenaban de curiosos que pasaban por allí y se quedaban viendo este inusual espectáculo.

Durante el calentamiento el equipo rival, que participaba en la liga de Kathmandu, tocaba bastante bien la pelota. Infundían respeto y hasta un poco de miedo, pero con el correr de los minutos el equipo se fue acomodando. En un partido de ida y vuelta, término prevaleciendo el equipo visitante con una contundente victoria por 5 a 2. Este equipo se iba invicto de Nepal, pero lo más importante era que la excusa del fútbol funcionaba como catalizador para relacionarse con distinta gente y pasar gratos momentos con ellos. Al finalizar, la goleada en contra no había mellado en lo más mínimo la alegría del equipo nepali, que los felicitaban por su juego mientras se sacaban fotos todos juntos. Incluso la dirigencia se sacó fotos con los dos equipos. Es probable que hoy en día haya fotos de este encuentro en la vitrina de algún lugar de Kathmandu, como un hito curioso en la historia de este club.

A la mañana siguiente nos tomamos el avión de Kathmandu a Delhi. Dejábamos Nepal totalmente encantados con lo que habíamos vivido allí. No solo habíamos disfrutado enormemente de tanta naturaleza y contemplado su inmensidad, sino que nos llevábamos también la positiva y contagiosa energía de los locales, quienes no nos veían solo como un billete sino como uno mas que podía tener algo valioso que compartir. Esta visita nos demostró como muchas veces es más importante la actitud que uno tiene ante la vida que los hechos en si. Nepal es un país bastante pobre, realidad que se ve potenciada con el terremoto de hace dos años y del cual hoy en día todavía siguen reponiéndose. Esta pobreza empero, no resiente su maravillosa energía. Se ve a la gente alegre, como si tuvieran una sabiduría superior. Esto nos hizo reflexionar sobre cómo sobrellevamos la vida en nuestros paises, que a pesar de tener necesidades no son tan grandes como aquí. Y a veces por nimiedades o problemas banales nos hacemos mala sangre innecesariamente, afectando negativamente nuestra calidad de vida.

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