Después de 14 eternas horas de viaje, finalmente llegamos a Ho Chi Minh. Nos instalamos en nuestro hostel sobre la calle Pham Ngu Lao, una zona donde hay un hostel al lado del otro y agencias de turismo una arriba de la otra. Esta zona con tanto movimiento además tiene miles de restaurantes y pubs donde florece la movida nocturna.

Al rato de instalarnos, fuimos al museo de la guerra de Vietnam. Aquí, al igual que Hiroshima, vimos el punto de vista opuesto al que tal vez estamos acostumbrados, que es el estadounidense. Tras expulsar a los franceses, Vietnam buscaba unir el sur y el norte bajo un mismo gobierno. Estados Unidos no estaba de acuerdo con esto porque era claro que el gobierno sería de índole comunista, por lo cual mando miles de soldados y armas a Vietnam del sur para derrotar al norte comunista. Como ya es de conocimiento general, terminaron perdiendo esta guerra, derrota que terminó siendo un icono en contra de las guerras injustas. Lo que nosotros no conocíamos fue el uso de armas químicas, el agente naranja, contra los vietnamitas. La idea original era que estos químicos sirvieran para deforestar y atacar las plantaciones agrícolas. Pero la composición del químico no fue la correcta y miles de vietnamitas murieron contaminados y otros miles nacieron con deformaciones congénitas y con preponderancia a distintos tipos de cáncer. Las fotos de las personas afectadas eran realmente estremecedoras.

Más tarde visitamos el Palacio de la Independencia, desde donde Vietnam del Sur comandaba la guerra contra el Vietcong de Ho Chi Minh en épocas en que está ciudad se denominaba Saigon. En el mismo podemos ver dos tanques en la entrada, que son los dos primeros del Vietcong que entraron al momento de tomar el edificio.

En el techo también se ven señalizadas las dos zonas donde cayeron dos bombas de un norvietnamita que logró infiltrarse en el ejército de Vietnam del sur. Las bombas no causaron destrozos mayores, pero lograron preocupar al presidente al ver cuan cerca estaba la derrota.

El edificio había sido diseñado por el arquitecto Ngo Viet Thu. En el último piso, había edificado un cuarto especial, alejado de los ruidos y apacible, con la idea de que el presidente acudiera allí a reflexionar en el momento de tomar decisiones importantes. El presidente en cambio lo transformó en una pista de baile para más de 100 personas, con un piano de cola y una barra a tono. Huelgan las palabras.

Visitamos también la catedral de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción, que fue construida en 1863 por unos colonos franceses y tiene dos campanarios de 58 metros. Aquí Vicky acudió a misa con una amiga, donde lo único que entendían era el Amén. Max llegó tarde y ya no lo dejaron entrar, por lo cual se sentó a descansar en una plaza cercana. Mientras descansaba, fue abordado por dos adolescentes que le pidieron hacer una entrevista en inglés que ellas tenían como tarea para el colegio. Tras varias preguntas típicas, que incluían de donde era y que le había parecido Vietnam, le pidieron una foto para rubricar el trabajo práctico. Al sacar la foto, y ante la excusa de Max justificando su lamentable pinta por haber estado caminando todo el día con 40 grados de calor, recibió como respuesta un “you are very handsome anyway” seguido de risas nerviosas, inflandole el ego gratuitamente al susodicho. De noche comimos algo en Pham Ngu Lao y salimos a recorrer y ver los distintos bares.

Al día siguiente visitamos los túneles de Cu Chi, los famosos túneles desde los cuales la resistencia atacaba al ejército de Saigon y Estados Unidos. Los mismos eran túneles con diferentes niveles de profundidad y de los cuales algunos eran para escapar o atacar de imprevisto al enemigo y otros funcionaban como conectores entre enfermerías, cocinas y otras habitaciones que estaban también bajo tierra. Nuestro guía era un ex-combatiente del ejército del sur que los había sufrido, que nos contó claramente como era vivir ahí, los ruidos, los miedos y el hecho que en cualquier momento podía salir alguien de un agujero cualquiera, invisible a la vista no entrenada, y recibir un balazo a quemarropa. Nuestro veterano en cuestión, en un momento dado se tiró un tiro en su propio dedo. De esta forma no podía disparar más un rifle y fue dado de baja, gracias a lo cual pudo volver a su casa y seguir viviendo.

Al otro día partimos de mañana al Delta del Mekong, que tras tres días y dos noches nos depositaria en la vecina Camboya. La primer parada la realizamos en My Tho, cuando visitamos la pagoda Vinh Trang donde se encontraban tres grandes Buddhas. Uno parado, otro acostado y otro sentado sonriendo que representaban el pasado, el presente y el futuro respectivamente.

Abandonamos estás deidades y nos embarcamos en lancha a recorrer el Delta. Pasamos al lado de unas islas en las cuales se realizaba agricultura. Los locales habían construido unos diques que evitaban las inundaciones y a la misma vez servían para distribuir el agua por canales de riego, generando una zona muy fértil para la producción de frutas. Estas islas, a pesar de generar mucha riqueza, no poseían colegios, farmacias, hospitales ni tiendas. Para todas esas necesidades, sus habitantes debían cruzar en barco el Mekong hacia el cercano continente, donde se aprovisionaban de todo lo necesario. Bajamos en una de dichas islas para conocerlas y donde nos esperaba nuestro almuerzo. Para variar, al igual que toda nuestra estadía en Vietnam, fuimos obsequiados con un plato de arroz con algún acompañamiento.

Después de almorzar, volvimos a la lancha que nos llevaría a la casa de otra familia. Estos se dedicaban a la producción de coco y varios derivados, como caramelos de coco, jabón de coco, vino de coco, aceite de coco y así podríamos seguir como Bubba y sus camarones en Forrest Gump.

Habiendo probado varios de estos productos, nos subimos de cuatro en cuatro en unas pequeñas barcas a remo a través de una zona más angosta del Delta.

Llegamos así a la propiedad de una familia que producía miel y jalea real. Mientras tomábamos un te caliente con miel, se pusieron a tocar música típica del Delta unos músicos de la región. Tenían su propio CD y todo. Nos dio un poco de lástima porque varios de sus integrantes eran unos viejitos divinos, pero la música dejaba bastante que desear y los cantantes eran bastante desafinados.

Llegamos a la tardecita a Can Tho, ciudad donde pasaríamos la noche para visitar el mercado flotante temprano a la mañana siguiente. Esta es la ciudad más grande del Mekong y es un centro educativo con varias universidades por lo cual muchos jóvenes de los alrededores se instalan aquí. Decidimos dar una vuelta y nos encontramos con una ciudad con mucho movimiento, gente caminando por la Rambla, barcos restaurantes que zarpaban mientras la gente comía y varios bares y restaurantes con vista al río. No podía faltar un mercadito típico que vendía desde fruta hasta ropa. Y como siempre, la calle toda iluminada con luces de todos los colores y tipos, muchas veces bordeando el mal gusto pero muy típicamente vietnamita.

Amanecimos temprano para poder apreciar en todo su esplendor el mercado flotante, ya que el movimiento arranca alrededor de las seis de la mañana y a pesar que dura todo el día, decae bastante después de las once. Para llegar a vender en este mercado, algunos de los vendedores traen su producción desde lejos. Pueden llegar a viajar en sus barcos por más de una semana hasta arribar a Can Tho. Por esa misma razón, no vuelven a sus casas hasta no haber vendido toda la mercadería. Como esto puede tomarle varios días, los barcos son sus tiendas pero también son sus casas por ese periodo de tiempo.

En este mercado podemos encontrar barcos de todos los tamaños e incluso varios botes y lanchitas que le venden el desayuno a los otros vendedores y a los turistas.

También se pueden ver muchos barquitos con la gente que viene a comprar fruta y verduras frescas que después venderán con un buen sobreprecio en tierra firme. Nosotros nos detuvimos al lado de uno que vendía ananás, y cuál piratas los abordamos para saquearle su jugosa mercadería. Mientras nos pelaban un riquísimo ananá que devoraríamos en pocos segundos, aprovechamos para recorrer el barco.

Continuamos por el Delta y paramos en una aldea donde alquilamos unas bicis y salimos a recorrer. Durante el trayecto nos hicimos amigos de un italiano que sabía hablar español por haber vivido en España y Venezuela. También conocía Argentina, ya que tenía familiares en Córdoba. Mientras charlábamos, confirmamos la ascendencia italiana sobre Argentina, ya que somos muy parecidos a los italianos en la gestualidad, la forma de hablar y comportarse.

A medida que avanzábamos, empezábamos a cruzarnos con la gente de la aldea.

En una parada que hicimos para cruzar el “Monkey Bridge” (un puente hecho con una sola caña de bamboo), varias chicas vinieron a vernos picadas por la curiosidad. Al vernos tambalear para cruzarlo se mataban de risa, ya que ellas lo cruzaban en un santiamén. Cuando se les pasó la risa y nosotros cruzamos sanos y salvos, encantadas accedieron a sacarse fotos con Vicky.

Retornamos a devolver las bicis y en ese mismo lugar se podía comer y tomar algo. Entre las variedades de comida, aparte de pescado y verduras, vimos que ofrecían víbora asada. Nos acercamos y vimos un balde lleno de estos reptiles intentando escapar. Pensamos que las tendrían así para que estén frescas y que les cortarían la cabeza al momento de asarlas. Grande fue nuestra impresión cuando vimos al asador manotear una de ellas y mandarla de una a la parrilla. La estaba cocinando viva!

Después de esta espeluznante visión, seguimos viaje hacia la granja de otra familia, que se dedicaba a la producción de arroz y sus derivados. Llegamos al paraíso en la tierra según Vicky, para quien el arroz es la mejor comida del mundo. Aquí con el arroz hacían fideos de arroz, papel de arroz y vino de arroz entre otras cosas. Para lograr irse, Max casi tuvo que sacar a la rastra a Vicky, no sin antes llevarse una pizza de fideos de arroz como aliciente para comer más tarde.

Una vez abandonado el “paraíso”, nos dirigimos a una reserva aviar. Nos subimos a unos botes a remo y lentamente surcamos las aguas de la reserva, donde varias aves de diverso tamaño tenían su morada.

En este momento del viaje, parte del grupo se volvía a Ho Chi Minh y otra parte seguía hacia Chau Doc, desde donde saldríamos para Camboya. Nos despedimos de nuestro amigo italiano, pero seguía una pareja española que estaba con el y de quienes nos haríamos amigos también.

Llegamos a Chau Doc, un pequeño pueblito, ya entrada la noche. Para cuando nos bañamos y terminamos de acomodar, ya estaban todos los lugares para comer cerrados. Ni siquiera un quiosco donde comprar alguna pavada para comer encontrábamos. Cuando ya estábamos volviendo decepcionados y hambrientos al hotel, vimos unas luces. Nos acercamos y vimos que era un local de licuados y jugos. Encantados decidimos pedir algo ahí, solo para darnos cuenta que no entendían una sola palabra de lo que decíamos. Como el menú estaba en vietnamita, tampoco podíamos saber que pedir. Por suerte nos avivamos y había wifi, con lo cual a través de Google translate pudimos comunicarnos mínimamente. A pesar de eso, al día de hoy todavía no sabemos que comimos, aunque estaba muy rico.

Temprano a la mañana fuimos a visitar una casa muy particular. Era una casa flotante, pero la particularidad radicaba en que era un criadero de peces. Debajo de la casa colgaba una gran jaula llena de peces de diferentes especies. En cada cuarto había una puerta en el piso, que se abría para lanzarles el alimento del día.

La familia vivía ahí mismo, cuidando la mercadería y teniendo pescado fresco al alcance de la mano para comer cuando quisieran. Como contrapartida, debían bancarse el constante olor a pescado y el chapoteo bajo el piso, que calculamos no debe ser tan placentero al momento de dormir.

Término el tour allí mismo, ya que el barco que nos llevaría a Camboya nos levantó directamente en este pueblito flotante.

Nos despedimos de un país del cual nos habían precavido y comentado negativamente debido a los intentos de estafas y muchas veces malos tratos por parte de los vietnamitas. Y aunque la gente de este país no esté bien arriba en nuestro ranking, el país en si nos encantó. Nos permitió conocer desde el quilombo en su máxima expresión que existe en la ciudad, con sus motos kamikaze y el ruido de tanta gente junta hasta la tranquilidad de una aldea de menos de 200 habitantes flotando en el medio del Delta del Mekong. Pudimos ver estilos de vida completamente distintos entre sí y con lo que nosotros estábamos acostumbrados con anterioridad. Con algo de nostalgia, embarcamos con destino a Phnom Phem.

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