Llegamos a Filipinas, donde nos esperaban unos días de descanso y relax (ya sabemos, es una herejía decir descanso cuando venimos viajando hace un mes y medio, pero veníamos de países muy grandes y con mucho para ver, por lo cual estábamos siempre a mil para tratar de aprovechar lo mejor posible el tiempo limitado). Nos sorprendió a nosotros mismos lo rápido que nos acostumbramos a la rutina de transportes, aeropuertos, migraciones, etc. Ya nos parecía algo natural llegar a un destino y realizar este tipo de trámites o tomar un taxi para combinar con otro aeropuerto y cosas por el estilo. En este caso, teníamos que tomar un taxi para ir al otro aeropuerto desde dónde saldría nuestro low cost a Puerto Princesa. Ya más cancheros con el tema, le preguntamos a alguien cuánto podría salirnos. Al buscar un taxi, le preguntamos a un guardia en la puerta que taxi debíamos tomarnos, para evitar ser estafados. Nos señaló hacia una zona donde nos quisieron cobrar seis veces más de lo que correspondía. Lo sacamos cagando y lo encaramos al guardia, que seguía sosteniendo que esos eran los correctos, mientras el taxista nos seguía e iba bajando el precio cuando veía que no nos subiríamos ni en pedo. Bajo el precio a la mitad, pero entre que todavía era más de lo normal y la rabia que nos dio que las mismas fuerzas del orden nacional estuvieran metidos en esta trampa, lo mandamos a cagar y volvimos a entrar al aeropuerto para buscar otro taxi. Finalmente encontramos uno que nos llevó por lo que nos habían dicho y después de un rato nos tomamos el avión a Puerto Princesa.

Llegamos a la mañana temprano y empezamos a buscar un tuk-tuk para llegar a la terminal de colectivos desde donde saldríamos hacia El Nido. Después de regatear y fumarnos un buen rato de varios conductores que intentaban aprovecharse de nosotros, llegamos a un acuerdo con el conductor. En el viaje, Vicky no paraba de sacarle fotos ya que el tuk -tuk estaba lleno de peluches colgados.

Regateamos el precio del bondi y después de seis horas de viaje llegamos a El Nido. Ahí arrancamos la búsqueda de hostel. Entramos en varios, pero muchos no tenían más lugar y otros nos tiraban unos precios que estaban fuero de nuestro acotado presupuesto. El agobiante calor y las valijas no ayudaban en dicha tarea pero después de un rato por fin encontramos uno que nos cerraba. El Nido es un pueblo de pescadores que en los últimos años ha crecido bastante turísticamente. La única forma de trasladarse es en moto o en tuk-tuk, los cuales van y vienen incesantemente.

En si en El Nido no hay playas lindas. Se puede encontrar la playa Cabañas a 15 minutos en tuk-tuk o Nacpan a 45 minutos de tuk-tuk. También existen varios tours en barquito, que te llevan a distintas islitas cercanas que son realmente paradisíacas.

Después de dejar las valijas en nuestro hostel, fuimos a almorzar algo y como ya era tarde decidimos salir a caminar para conocer los alrededores. A la vuelta nos agarro el atardecer en un barcito en la playa con música en vivo y nos quedamos disfrutando la vista.

Amanecimos bajo una torrencial lluvia y nos queríamos matar. Parecía que la tormenta nos perseguía desde Hong Kong. Desde el cuarto veíamos una tormenta que parecía nunca acabar.

Por suerte estábamos en una zona de clima tropical. Al rato se había despejado completamente y el sol brillaba en todo su esplendor. Nos tomamos un tuk-tuk y fuimos a Cabañas, una playa lindisima y en la cual nos quedamos hasta el anochecer.

A la mañana siguiente decidimos hacer un tour. Existen varias empresas que realizan cuatro tours, el A, el B, el C y el D. Cada uno de ellos recorre distintas playas en islas alrededor de El Nido. Negociamos un precio y arrancamos el tour A, que nos llevó a playas con nombres como Big Lagoon, Secret Lagoon, etc. En Big Lagoon nos bajamos e hicimos kayak en una playa rodeada de rocas y en otras hicimos snorkel donde pudimos ver peces de maravillosos colores.

Los tours duran prácticamente todo el día y por ello mismo incluyen el almuerzo, el cual consiste en comida típica del lugar, con mucho arroz, vegetales y pescado fresco. Después de almorzar disfrutamos un par más de playas y regresamos a El Nido.

Esa noche, como todas las noches, había un barcito donde se concentraba la movida nocturna. Después de comer en un bar a la orilla del mar, fuimos a dicho barcito donde nos quedamos bailando hasta tarde.

Cuando nos despertamos, decidimos tomarnos un tuk-tuk hasta Nacpan. Después de 45 interminables minutos de viaje por un camino en construcción en varios de sus trazos y en muy mal estado los últimos kilómetros, llegamos a una playa realmente paradisíaca.

Eran días donde no hacíamos más que descansar, comer y disfrutar del sol, la arena y el mar (que tenía una temperatura ideal). Otro día realizamos el tour C. Con el mismo concepto que antes, recorrimos varias playas increíbles y almorzamos en una playa prácticamente virgen.

A la vuelta nos despedimos de los dueños del hostel que resultaron ser amorosos y arrancamos una peripecia que debía depositarnos en Boracay casi veinte horas más tarde.

Nos tomamos el Cherrybus que nos llevaría a Puerto Princesa para tomarnos el avión a Manila. Después de seis horas, llegamos a las tres de la mañana a la terminal de colectivos. Los tuk-tuk que había allí nos exigían un precio de estafa para llevarnos al aeropuerto. Como el check-in era recién a las siete de la mañana, los rechazamos y decidimos esperar otras opciones. Al par de minutos llego otro conductor pero exigía el mismo ridícula precio. Lo miramos y nos quedamos estupefactos. Era el mismo que nos había traído hace un par de días! Le dijimos que nos había cobrado mucho menos para traernos y como se hacía el desentendido le mostramos las fotos. Insistió con el precio alto un rato más, pero finalmente se resignó y nos llevó al aeropuerto, donde teníamos que hacer tiempo hasta que saliera el avión. Tan acostumbrados estamos ahora que ya podemos dormir en cualquier lado.

Llegamos a Manila y nos tomamos otro avión a Caticlan, desde donde nos tomamos un ferry hasta Boracay y un tuk-tuk al hostel, que para nuestra sorpresa estaba muy bueno, más teniendo en cuenta que lo habíamos reservado en la escala entre Manila y Caticlan.

Dejamos las valijas, nos bañamos y después de más de veinte horas de viaje salimos a dar una vuelta. Llegamos a la White Beach, una playa de cuatro kilómetros de largo con bares y restaurantes a lo largo de su explanada. Está dividido en tres zonas, la uno siendo la más cara y la tres la más barata. En estos bares se pueden ver distintos estilos (italiano, mexicano, filipino, etc) con shows en vivo (baile, música, malabares con fuego, etc).

Después de caminar a lo largo viendo la movida, elegimos uno que nos gusto y nos sentamos a tomar y comer algo con música y el rugir de las olas de fondo.

A la mañana siguiente volvimos a la White Beach para verla de día.

Ahí nos dedicamos a lagartear, a pesar que es una playa donde hay muchísimas opciones de deportes acuáticos, desde la típica banana hasta el paragliding, pasando por motos de agua e inmersión con unos cascos tipo astronauta. Salimos a caminar y nos sorprendimos cuando nos encontramos una Virgen en medio del mar.

Durante el día no había tanta gente, pero cuando se acercaba el atardecer parecía que salía gente de abajo de las piedras, ya que se llenaba de personas que venían a disfrutar los magníficos atardeceres.

Boracay es una isla muy turística y además justo habíamos llegado en la época del “Boracay International Dragon Boat Festival”, por lo cual durante el día veíamos carreras de botes de remo y de noche procesiones de los equipos con banderas y música. Debido a esto también tiene mucha más vida nocturna que El Nido, ya que hay mucho turismo local y extranjero.

Al otro día no pudimos con nuestro genio y decidimos recorrer la isla a pie. Para el otro lado estaba la Bulabog Beach.

Este lado de la isla es ideal para los amantes del kitesurf ya que es muy ventosa.

A medida que avanzábamos, nos dimos cuenta que la isla no era tan chica como parecía y que el recorrido a pie no iba a ser tan fácil como planeábamos. Esto se veía agravado por el extremo calor y por el hecho que el camino era todo en subida. Como compensación, nos cruzamos un par de miradores desde donde las increíbles vistas nos dejaban sin aliento (el poco que nos quedaba después de semejante caminata).

A medida que subíamos, íbamos descubriendo playas más despobladas y de una belleza increíble.

Seguimos subiendo y llegamos a Puka Beach, una playa tan alejada que la gente solo iba en bote e ideal para los amantes de la tranquilidad. Agotados, nos tiramos un buen rato para refrescarnos y recuperar fuerzas.

A la tarde caminamos desde ahí hasta la White Beach de vuelta, para disfrutar del atardecer y nuestra última noche. Habíamos caminado más de veinte kilómetros y nos merecíamos una cerveza helada para acompañar semejante paisaje.

Nos levantamos 6 am y mientras Max armaba la valija Vicky salió a correr por la Bulabog Beach, ideal para esto ya que son varios kilómetros sin interrupciones. Al rato volvió y nos fuimos a la White Beach para aprovechar las últimas horas.

Nos tomamos un tuk-tuk, un ferry, una combi y un avión a Manila. Todos los vuelos internos los hicimos por Cebu Airlines. Algo que nos sorprendió es que en todos los aeropuertos nos cobraban una tasa extra al momento de volar. Por suerte ya habíamos leído sobre la existencia de las mismas, sino habríamos pensado que nos estaban intentando cagar. Todos los vuelos tuvieron retrasos y el último no iba a ser la excepción, lo que nos obligó a correr de una terminal a la otra para no perder el vuelo a Vietnam. Con el corazón en la boca, pero felices y agradecidos por los increíbles días que habíamos pasado en Filipinas, despegamos hacia Hanoi.

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