Aterrizamos en Beijing y apenas pisamos el aeropuerto nos encontramos con una sorpresa. Al intentar buscar el hostel en Google maps, el mismo no funcionaba. Tampoco funcionaba gmail ni ningún otro servicio de Google. Otra cosa que no funcionaba (menos grave, o más según el punto de vista) eran Facebook e Instagram. El gobierno los tiene bloqueados por no adaptarse a sus requerimientos para funcionar en China. Usando el buscador de Yahoo (nos adaptamos a cualquier cosa) nos tomamos un bondi que nos dejaba en la zona de nuestro hostel. Una vez que nos bajamos, dimos vueltas buscando el hostel pero no lo encontrábamos. Empezamos a preguntar, y a pesar que para nuestra sorpresa hablaban un poco más de ingles que en Japón, no lográbamos resultados tangibles. Por suerte teníamos la dirección anotada en chino y ahí si logramos obtener instrucciones para llegar de una buena vez.

Como llegamos a la tarde y había empezado a oscurecer, no teníamos mucho tiempo para recorrer. Decidimos entonces dar una vuelta por el Silk Market. En este mercado se consiguen las mejores marcas del mundo, pero en versión trucha. Esperábamos encontrarnos un mercado del estilo de la Salada, pero grande fue nuestra sorpresa cuando llegamos y era un enorme shopping de seis o siete pisos con miles de locales. Cada uno de estos vendía imitaciones de diversas marcas de carteras, de ropa, de relojes, de electrónica, de valijas y cualquier otra cosa que se les ocurra. El regateo era rey, y los precios iniciales terminaban bajando entre 40 y 70 por ciento, dependiendo de la habilidad del regateador. Pero no se confundan, no era una actividad exenta de riesgo. Incluso podía haber pellizcones de parte de los vendedores para que uno no comente en voz alta el precio acordado si en ese mismo momento entraba otro potencial cliente, ya que el regateo volvía a arrancar en un irrisorio y altísimo precio. Una vez pasada la novedad del lugar y el regateo feroz por parte de vendedores y compradores, Max empezó a aburrirse al no haber otro programa que comprar cosas. Vicky en cambio deambulaba de tienda en tienda, mirando los distintos productos y sin poder decidir que comprar ante tanta y diversa oferta, regateando aquí y allá buscando conseguir los mejores precios. En algunas de las tiendas cuando pedía ver algún producto, la hacían pasar a un cuartito escondido y solitario, cuál película de Hollywood. Esto, que al principio le generó un poco de resquemor, no evitó que realizará un par de “compritas” de todos modos.

A la mañana temprano salimos en dirección a la Gran Muralla. Hay varios sectores en los cuales es posible acceder a la misma. Nosotros nos dirigimos a Mutianyu, una zona turística pero por suerte sin tantos turistas (Badaling es la más conocida e insoportable la cantidad de gente que hay según lo que leímos). En el camino (dos horas de combi desde Beijing) la guía nos iba contando cosas de esta ciudad de alrededor de 24 millones de habitantes, sobre la gran muralla y sobre la actualidad China. Nos había sorprendido Beijing cuando llegamos. Al menos desde el punto de vista de un turista, económicamente hablando se parecía a cualquier país capitalista. Políticamente en cambio, por lo que nos contaba, la gente común no tenía injerencia real en la elección de sus gobernantes.

Llegamos a la muralla, que fue construida con el pasar de los siglos como medida de seguridad y protección para contener las invasiones de los mongoles. Se estima que llegó a medir más de 20.000 km aunque hoy quedan alrededor de 6.000 a 7.000 km de muralla. Era increíble estar en un lugar que siempre habíamos visto en el colegio o leído sobre ella en diferentes lugares, una de las maravillas del mundo con miles de años de antigüedad e historia. Una vez arrancada la caminata sobre la muralla, tomamos mejor dimensión sobre la inmensidad de la obra. Solo estábamos en un sector de unos 16 km y nos abrumaba lo que había costado construirlo, ni hablar de 20.000 km. Claramente fue una proeza muy costosa, ya que se estima que alrededor de 10 millones de personas murieron durante su construcción. Dichas personas fueron en su mayoría enterradas en las cercanías, dándoles a la muralla la fama del cementerio más grande del mundo.

Después de varias horas caminando sobre la muralla y paseando por las torres de vigilancia de la misma, llegó el momento de volver a la combi que nos había traído. Por suerte no bajaríamos caminando, sino que subimos a una especie de karting sin ruedas que se trasladaban dentro de una pista a altas velocidades (si alguno vio Jamaica bajo cero, era parecido a eso pero en kartings individuales). Antes de volver a Beijing, nos deleitamos con típica comida china, que consistía en varios platos de carne, arroz y  vegetales dispuestos sobre un platillo girador desde el cual cada comensal se iba sirviendo a medida que la comida daba vueltas a la mesa.

Después de comer como chanchos y dormir como lirones en el viaje de vuelta, al llegar a Beijing nos fuimos a dar una vuelta por el “Heaven temple”, un templo de 1420 donde se adoraba por las cosechas (primavera) y agradecía por lo cosechado (otoño), rodeado de un inmenso jardín y varios edificios que cumplían distintas funciones.

Terminando el recorrido cruzamos al “Pearl Market”, una feria del mismo estilo del Silk Market, con precios más bajos e imitaciones de peor calidad. Acá no nos quedamos mucho y volvimos al hotel donde llegamos justo para el happy hour del bar del hostel.

Nos levantamos y arrancamos a caminar en dirección a la Ciudad Prohibida. Aprovechamos y en el trayecto fuimos metiéndonos en los distintos hutongs (callejones del casco antiguo de Beijing). Aquí se podía apreciar las casas de la época de la dinastía, las cuales tienen las entradas pequeñas y patios grandes pero sin cocina ni baños. Esto lleva a que haya varios baños comunitarios por la zona. Caminando por estos callejones, nos sorprendió ver casas precarias y en no muy buenas condiciones, pero con autos de alta gama estacionados en la puerta.
Finalmente llegamos a la Ciudad Prohibida y casi nos morimos con la cantidad de gente que había. Mientras sacábamos la entrada, nos sorprendió una madre con su hijo pequeño, que tenía un pantalón especialmente diseñado con un agujero en el medio para realizar sus necesidades en plena calle. Después vimos que esto era algo común (la pesadilla de las pañaleras y de la limpieza citadina).

En la Ciudad Prohibida, construida entre 1406 y 1420, vivía el emperador y era la sede central del gobierno. Su nombre se debe a que nadie podía entrar en ella y aquellas mujeres que el emperador elegía como esposas, jamás podían volver a salir de ella. Uno de los emperadores llego a tener 14.000 mujeres (dejamos a su criterio sopesar los pros y contras de semejante cantidad). La ciudad consta de 720.000 metros cuadrados y alberga 980 edificios. Como mencionamos anteriormente, la cantidad de gente era inconmensurable. No sólo había turistas extranjeros, sino también estaba lleno de chinos de Beijing y también del interior de China. Estos últimos no paraban de mirarnos y señalarnos. Un par incluso, mediante señas, pidieron sacarse fotos con Max. Este accedió de buen talante, empezando a sentirse como una estrella de Hollywood a partir del segundo pedido.

Dejamos la Ciudad Prohibida en dirección a la plaza de Tíananmen, vigilada por una enorme imagen de Mao Tse-tung. Llegamos cruzando túneles subterráneos bajo una gran avenida que separa la plaza de la Ciudad Prohibida. Esta plaza, creada por los comunistas para desarrollar masivos actos de adhesión política, es una de las más grandes del mundo y se convirtió en un símbolo de la nueva China. Mundialmente se hizo conocida en 1989, donde el gobierno chino masacro a los manifestantes que pedían reformas democráticas y contra la corrupción (intelectuales, estudiantes y trabajadores formaban un grupo heterogéneo) mandando tanques para reprimirlos.

Más tarde decidimos dar una vuelta por los food markets. Dos zonas de alrededor de 5 cuadras cada uno, separados por 3 o 4 cuadras. Acá podíamos encontrar mil puestitos uno al lado del otro, vendiendo desde jugos hasta escorpiones vivos, pasando por caballitos de mar, calmares, cucarachas y serpientes que eran consumidas como manjares por los chinos.

No sólo nos impresionó ver todo esto, sino que los fuertes olores invadían todo el sector, obligándonos a movernos constantemente para escapar de ellos.

Dejando atrás los food markets, avanzamos por la calle Wangfujing, una zona de shoppings enormes, de varios pisos y con marcas conocidas mundialmente. Todos ellos llenos de gente dando vuelta y comprando, situación que contrastaba fuertemente con la idea (o preconcepto) que teníamos del comunismo.

Volvimos al hostel y tipo 5 de la mañana salimos para la estación de tren. Paramos alrededor de cuatro taxis, que no sabemos porque razón se negaban a llevarnos, ya que no hablaban inglés pero decían no, no y arrancaban.  Finalmente paro un auto que parecía de un particular (no tenía meter y arreglamos el precio de antemano) por lo cual Vicky fue todo el viaje nerviosa chequeando el maps.me. Por suerte el temido secuestro no se produjo y llegamos perfectamente a la estación para dirigirnos a Shanghai.

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