Descendimos en la estación de tren de Kyoto a las diez de lo noche. Bajo una persistente llovizna enfilamos directamente hacia el hostel porque al día siguiente saldríamos temprano para Hiroshima. Amanecimos y nos dirigimos a la terminal de trenes de vuelta, donde con nuestro grandioso Japan Railpass nos tomamos un tren de una hora hacia esta ciudad lamentablemente histórica desde la II Guerra Mundial. Por más que la mayoría seguramente tenga una idea general de los sucesos aquí ocurridos, nos gustaría profundizar un poco en aquellos detalles que nos llamaron la atención y tal vez no son tan conocidos.

Nuestra primer parada fue en el A-bomb dome (donde anteriormente se encontraba el Hiroshima Prefectural Commercial Exhibition Hall) el cual fue el epicentro de la explosión. El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 am un bombardero norteamericano lanzó la primera bomba atómica que exploto 600 metros por encima de dicho edificio, destruyendo prácticamente toda la ciudad (el 70% de los edificios fue destruido). Toda la gente que se encontraba en dicho edificio murió instantáneamente pero increíblemente la estructura de esta construcción quedo reconocible, incluyendo su característico domo.

Durante mucho tiempo después de la guerra se discutió que debería hacerse con estas ruinas. Algunos decían que era un recordatorio doloroso para los sobrevivientes y que debería demolerse y otros sostenían que debía mantenerse para recordarle al mundo el horror que genera este tipo de bombas. Recién en 1966 se decidió preservar este edificio como monumento histórico. Allí mismo encontramos varias carpetas accesibles al público. Cada una de estas carpetas contenía la historia contada por algún sobreviviente, en la cual había vivencias personales y también más generales. Leyendo estos documentos, nos enteramos por ejemplo que varias ciudades japonesas eran bombardeadas con bombas convencionales pero que existía la orden expresa de no bombardear Hiroshima para poder mensurar el daño real que causaba una bomba atómica.
Tras un buen rato atrapados en la lectura de estas historias, nos dirigimos caminando hacia el Monumento a La Paz de los Niños. En el camino, paseamos a lo largo de la costa del río. Esta parte nos pareció muy linda, tal vez aumentado por el hecho de que nos esperábamos un ambiente más lúgubre.

El monumento de los niños al principio no parecía gran cosa. Una campana rodeada de varias vidrieras llenas de coloridas coronas de papel. No fue hasta más tarde que conocimos la historia que le dio significado a dicho monumento. Una niña que había sufrido los efectos de la radiación y estaba internada, había oído que si hacía más de 1000 (ver cuaderno) coronas de papel se recuperaría y podría continuar con su vida. Llego a crear más de 1000 de diferentes colores pero finalmente no pudo sobreponerse a l radiación y murió. Fue en este momento que miles de chicos de diferentes colegios armaron coronas en su memoria y se armo el monumento que recuerda a los niños que murieron debido a la bomba.

Cerca de allí se encuentra el Cenotafio a las victimas de la bomba atómica, donde flamea una llama eterna generada en el fuego de la bomba como recordatorio y como símbolo a favor del desarme nuclear de todas las naciones del mundo (Japón decidió no poseer bombas nucleares). En dicho monumento se encuentran 77 volúmenes con los nombres de aquellos que perecieron debido a la bomba (hay 221.893 inscriptos, faltan aquellos cuya familia pereció por completo en la explosión). Todos los 6 de agosto se sacan dichos volúmenes y hay una ceremonia conmemorativa.

A continuación nos dirigimos al Museo de la Paz. En el mismo pudimos ver cómo fue la secuencia desde que arrancó la guerra, la explosión de la bomba, la destrucción inmediata que generó y la que siguió generando por efecto de la radiación. Otra sección mostraba casos particulares de sobrevivientes, la mayoría desgarradores. Entre ellos, el de una niña que se sentía mal y no quería ir al colegio. La madre la mando igual y la niña murió en la explosión, generando un agudo remordimiento a la madre que se auto culpaba por su muerte. Muchísimos niños de once o doce años que estaban enlistados que nunca más volvieron a sus casas o el caso de un niño de 3 años que murió por la radiación y el padre lo enterró en el jardín de su casa con su triciclo, su juguete favorito. Recién varios años más tarde permitió que exhumarán sus restos y fuera llevado a un cementerio. El triciclo está hoy expuesto en el museo. Los familiares sobrevivientes recorrían hospitales y colegios buscando a sus seres queridos, aunque muchas veces no los encontraban o los reconocían por algún artículo que llevaban encima ese día (una cadenita, un reloj o una cajita metálica donde tenían su almuerzo favorito).

Como está era la primera vez en la historia que se lanzaba este tipo de bomba sobre una población civil, se desconocían los efectos secundarios que podría llegar a generar (todavía hoy en día falta mucho por conocer). Luego de la explosión se formó un enorme hongo negro de más de 250 metros de altura. Este humo más tarde caería como una lluvia negra, afectando todo un sector de 16 kilómetros a la redonda, aumentando el campo de acción destructor que habían ocasionado la explosión y el incendio que siguió a la misma. Los casos de leucemia y otros tipos de cáncer aumentaron en forma considerable, los nacimientos de chicos con malformaciones eran moneda corriente y también había otros casos inexplicables, como el caso de un hombre que la radiación le había afectado de forma tal que le crecían unas uñas largas y negras y que al cortarlas no paraban de sangrar y que al poco tiempo volvían a crecer (difícil olvidarse de este caso después de ver las uñas reales expuestas tras una vidriera).

Hoy en día, Hiroshima busca dar a conocer su historia y continúa su lucha por un mundo libre de armamento nuclear.

Con el ánimo apesumbrado pero con las mismas ganas de conocer de siempre, nos fuimos a la isla Miyagima. Tras unos cuarenta minutos de viaje entre tren y ferry, llegamos a esta pintoresca isla. Aparte de tener un monumento que representa una entrada en el medio del agua, paseamos por una feria con comidas típicas mientras los ciervos caminaban libremente entre los transeúntes.

Después de la sesión fotográfica de rigor, emprendimos la vuelta a Kyoto. Esta ciudad se caracteriza por sus bellos templos. Con esto en mente, alquilamos unas bicis y arrancamos la recorrida a la mañana temprano. El primer templo que visitamos fue el de Kiyomizadura, para cuya construcción no se usó un solo clavo sino que las maderas están encastradas entre sí sosteniendo una enorme estructura.

Recorrimos el templo principal y sus alrededores y a la salida desembocamos en otra feria de comidas típicas. La particularidad aquí era que en la mayoría te daban para probar distintas cosas. Como no teníamos forma de saber en qué consistía cada una, cada vez que probábamos algo estaba el riesgo de que nos parezca una inmundicia y nos quede ese gusto en la boca. Cuando eso pasaba, lo mejor era correr a otra tienda a probar otra cosa con la esperanza que tenga mejor sabor.

Terminado este ataque de sabores, volvimos a agarrar las bicis y esta vez nos dirigimos al Templo Plateado. Allí cerca se encontraba el camino de los filósofos, un paseo a la vera de un pequeño arroyo sembrado de cerezos a lo largo de su cauce. Teóricamente era un paseo bello y relajante, aunque a nosotros nos pareció una locura llena de japoneses.

Seguimos recorriendo la ciudad en bici, esta vez con el Templo Dorado como objetivo. El placer del recorrido se veía potenciado por el hecho de hacerlo en bicicleta. Con la complicidad del maps.me  y el esfuerzo de nuestro pedaleo, logramos conocer varios lugares intermedios que no hubiera sido posible de otra forma. Llegamos finalmente al Templo Dorado, el que más nos llamó la atención. A Vicky por el templo en sí y a Max por los jardines que lo rodeaban.

Probablemente todos hayan leído o escuchado algo sobre las geishas (artista tradicional japonesa entrenada para entretener en fiestas, reuniones o banquetes). Desde pequeñas reciben el entrenamiento tradicional que las llevara a ser geishas en un futuro. Hoy en día hay varios restaurantes donde se puede reservar turno para ir a comer pero también se puede reservar para comer en compañía de una geisha (no necesariamente se incluyan servicios sexuales, error común que tienen los occidentales al pensar en una geisha).

Vicky es fanática del sushi y estando en Japón, la cuna del sushi, no se iba a privar de probarlo. Fuimos a un restaurant con la particularidad que tenía una cinta transportadora, donde circulaban las distintas piezas y uno iba tomando las que deseaba comer. Según el veredicto de Vicky (Max cruzó a Burguer King), eran uno más rico que el otro.

Al terminar de comer, la noche siguió en el boliche. Esta vez, como éramos un grupo llamativo para ellos, nos dejaron entrar gratis y con barra libre adentro. A pesar que les tomamos hasta el agua de los floreros, la ecuación les debe haber cerrado ya que los locales estaban encantados con la peculiar atracción que éramos ese día.

La mañana siguiente, sobreponiéndonos a la resaca, salimos hacia los Bamboo Groves.

Este es un camino rodeado de bamboos enormes y donde para variar también hay un templo. Pero además encontramos unos jardines encantadores.

Desde acá decidimos visitar los jardines zen, donde se encuentra el templo más importante con el Rock Garden, uno de los jardines secos más famosos del mundo construido alrededor de 1488. En el camino nos dio hambre y decidimos buscar algún lugar para comer. Como era un barrio tranquilo, se nos complicó y después de deambular un rato desembocamos en una universidad, con tanta fortuna que tenía una cantina con precios más baratos por ser para estudiantes. Almorzamos lo mas bien y continuamos hacia los jardines zen. Estos transmitían mucha paz y tranquilidad.

Para terminar el día, fuimos al santuario Inari. Para todos aquellos que hayan visto “Memorias de una geisha”, tal vez recuerden una famosa escena filmada aquí. Inari es el dios del negocio y en su honor esta este santuario, que abarca un templo y un camino hasta la cima de la montaña formado por unas maderas naranjas, cada uno de ellos donado por diferentes empresarios y comerciantes.

Dejamos Kyoto y nos tomamos el tren de vuelta a Tokyo, desde dónde saldría nuestro avión con destino a Beijing.

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