Tras ocho horas de vuelo, llegamos a Tokio. Eran las 9 de la mañana y el check-in era a las 4 de la tarde. A pesar de estar exhaustos, tiramos las valijas en el hostel y salimos a recorrer. Estábamos en el medio de un barrio industrial, por lo cual no había demasiadas atracciones cerca. Afortunadamente no estábamos tan lejos de Asakusa, barrio en el cual se encontraba el templo Sensoji (el más viejo de Tokio). Hacia allí nos dirigimos raudamente. En las cercanías nos encontramos una feria de varias cuadras a la redonda. En ella hay varios lugares para comer, varias puestitos callejeros con comida típica japonesa, tiendas de ropa o zapatos y lugares que vendían cosas típicas. Tras desviarnos un poco recorriendo estas pintorescas cuadras, enfilamos finalmente hacia el Sensoji. En el templo, al igual que en la zona de la feria, nos asombro la cantidad de gente que había. Allí presenciamos diversos rituales religiosos. Uno de ellos consistía en batir una caja metálica que escupía un palito de madera con un número, el cual nos llevaba a una cajita donde salía un papel con una determinada fortuna (buena o mala; la mala se ataba a unos fierros metálicos para lograr contrarrestarla).

Otro implicaba prender unos sahumerios, agregarlos a un recipiente donde ya había varios más y tirarse el humo de los mismos en la cara. También había una fuente con agua de la cual la gente tomaba unos pequeños sorbos antes de persignarse. Por último, en unas mesas con aberturas a lo largo de las mismas, la gente tiraba monedas después de realizar un íntimo pedido o agradecimiento.

Obviamente, el ruido que generaban miles de personas realizando estos diversos ritos a la misma vez era considerable, por lo cual nos llamó la atención ver gente que lograba concentrarse para dedicarse al rezo en estas condiciones. Empezamos a cruzarnos con gente vestida a la clásica usanza japonesa, los cuales veríamos bastante en los restantes días.

Dejamos el templo y nos fuimos a recorrer un poco más nuestro nuevo barrio. Bastante tranquilo, y que salvo por las caras japonesas que nos rodeaban, no se parecía en nada a la idea que teníamos de Japón. Finalmente llego la hora del check-in. Con las últimas fuerzas llegamos al hostel, pasamos la típica burocracia a la cual ya nos estábamos acostumbrando y nos acostamos a dormir una necesaria siesta.

Nos despertamos con hambre. Por suerte, a la vuelta de nuestro hostel había un supermercado grande dónde podríamos comprar cualquier cosa que necesitáramos. Encantados fuimos regodeandonos con las exquisiteces que comeríamos, para encontrarnos con un escollo casi insalvable. Todos los envases estaban en japonés! (bastante obvio en retrospectiva, ya sabemos). Esto se veía agravado porque en Japón nadie sabe inglés. Son muy educados y gentiles, siempre tratando de ayudar, pero la barrera idiomatica es muy grande. No nos quedó otra entonces que elegir la comida por la foto del empaquetado. Así fue que terminamos comiendo unos riquísimos fideos de arroz gelatinosos y un yoghurt agrio de postre. Con él hambre que teníamos, los fideos acompañados de un poco de queso en feta y el yoghurt con un poco de azúcar que sacamos del hostel, pasaron a ser un banquete de reyes.

Nos despertamos temprano y salimos a correr por un parque que estaba a un par de kilómetros de casa. A la vuelta, nos sorprendió un desayuno que consistía de salchichas con huevos y una ensalada de verduras. Todavía no entendemos cómo está gente come esto al desayuno. Por suerte había cereales con leche y tostadas también, con lo cual evitamos lo que podía ser un desayuno catastrófico. A continuación nos dirigimos a Tokio station a validar el Japan rail pass, un pase que durante siete días nos habilitaría para tomarnos cualquier tren. Esta estación es la más importante de Tokio; confluyen trenes, subtes y millones de personas diariamente. Había que estar atentos para no perdernos el uno del otro en medio de semejante muchedumbre. Salimos de la estación y desembocamos en una zona céntrica de edificios altos, mucha gente en ropa de trabajo y una plaza muy linda.

Pasando la plaza, nos encontramos con miles y miles de personas. Extrañamente, parecía una enorme cola que se dirigía hacia algún lugar en especial. Sin saber qué hacían, nos sumamos a la kilométrica cola.

Al preguntar para que era dicha fila, una extranjera nos dijo que era para entrar a los jardines del Palacio Imperial para ver la floración de los cerezos. Sin haberlo calculado, habíamos llegado en el mejor día para verlos. En los jardines, los japoneses le sacaban una y otra foto a cada cerezo.

Cuando finalmente terminamos el lento pero ininterrumpido trayecto y dejamos el palacio detrás, vimos cerezos por toda la ciudad, incluso más lindos que los que habíamos visto, por lo cual no entendimos tanta desesperación por ver los del Palacio Imperial.

Seguimos caminando hacia Shinjuku, que junto a Shibuya es uno de los barrios de Tokio con grandes centros comerciales, luces y enormes cantidades de gente. Este si era el Tokio que teníamos en la cabeza.

En todos estos trayectos, cada dos o tres cuadras nos cruzábamos con máquinas expendedoras de bebidas. No existen los kioskos, pero estas máquinas las encontrábamos hasta en la esquina más recóndita. Caminando por las calles de Shinjuku, encandilados por las luces y el movimiento, de repente vimos un local que nos llamó la atención. Entramos y los colores y luces eran exponenciales. Además el típico olor del cigarrillo acumulado y estancado en un ambiente cerrado nos envolvió. Habíamos entrado a un salón de pachinko y máquinas traga monedas. Todos los allí presentes estaban como autómatas sentados en su maquinita dándole a la palanca sin parar mientras fumaban sin pausa. Más adelante, nos daríamos cuenta que estaba lleno de estos antros por todos lados.

Abandonamos Shinjuku con destino a Shibuya. En el camino pasamos por dos callecitas que nos habían recomendado, Harajuku y Takeshita. La primera tenía una onda under, con predominancia de locales para hombres. Era un ambiente más dark, donde los colores oscuros opacaban al resto.

Un par de cuadras después, desembarcamos en Takeshita street. En contraposición con Harajuku street, acá predominaba el color rosa, la música pop japonesa y los locales para mujeres.

Después de este corto pero interesante desvío, llegamos a la zona que estábamos buscando. Una zona que según las películas que hayan podido ver, tiene una reminiscencia a Nueva York, pero con más gente. Llegamos al famoso cruce donde durante 45 segundos que duraba el semáforo la gente cruzaba en cualquier dirección. De frente, de costado y en diagonal, siempre evitando los choques a pesar de ser miles y miles. Imagínense que por este cruce pasan más de un millón de personas por día.

Antes de llegar al cruce, nos reíamos de los cuentos de gente que iba a ver este suceso y cruzaban varias veces la misma esquina, pero irónicamente, una vez ahí, no podíamos parar de cruzar una y otra vez. Cuando la emoción del cruce menguó, vimos en la esquina un Starbucks de tres pisos todo vidriado con una excelente vista del cruce desde arriba. No nos sorprendió que una cadena multinacional explotara esto en su beneficio, ya que esta locación hacía que los turistas consumieran para poder sacar fotos desde allí. Aquí volvimos a caer en la trampa y entramos nosotros también a disfrutar un rico café y un yoghurt con granola respectivamente mientras veíamos el cruce desde arriba.

Obnubilados con lo que estábamos conociendo, nos perdimos por los alrededores recorriendo las callecitas que siempre desembocaban en alguna otra que nos llamaba la atención. Así fue como desembocamos en un local donde había varios adolescentes con extraños atuendos. Picados por la curiosidad nos fuimos adentrando y de repente estábamos entre el público mirando hacia un escenario a oscuras. Antes de poder preguntar de que se trataba, un grupo de quinceañeras vestidas para la ocasión irrumpieron en el escenario, desarrollando una muy coordinada coreografía acompañadas de la iluminación y la música adecuadas. Después de hacer varios pasos que a más de uno le generaría una fractura expuesta de cintura, le dejaron su lugar a un quinteto de varones onda Backstreet Boys que tenían su propia coreografía. Resulta que habíamos caído en una batalla de baile entre varios grupitos. No sabemos quien resultó ganador ya que abandonamos las premisas antes, pero le ponemos unas fichitas a las quinceañeras. Encantados con todo lo que habíamos vivido ese día, que mejor forma de terminarlo que tomando una cerveza bien fría con amigos en algún bar que nos llamara la atención?

Al día siguiente nos dirigimos a Akihabara, un barrio que es sinónimo de electrónica y tecnología y también se ha convertido en el epicentro de la industria del manga (cómic japonés). Llegamos a una zona llena de locales que vendían tecnología (original y trucha) pero lo que realmente nos llamó la atención fue la parte del manga. Lleno de japoneses, de cualquier sexo y edad, tratando de ganarse una muñeca en unas maquinas traicioneras, sin importar cuantos miles de yenes dilapidaran. A medida que avanzábamos empezamos a cruzar salones pornográficos, que incluso consistían de varios pisos. Para mujeres, para varones y otro para travestis (la ropa interior íntima para travestis no tenía desperdicio). También proliferaban las tiendas de hentai (cómic japonés porno), por donde pululaban varios japoneses, algunos incluso vestidos según su personaje preferido. Esta zona, al igual que lo que habíamos visto en los pachinkos y por la calle nos dejó pensando. Los japoneses son gente muy amable y educada, muy estructurados y ordenados. Muy trabajadores (a las diez de la noche había gente trajeada en el subte volviendo del trabajo). Toda esta presión necesariamente busca una vía de escape. Y es por ello que también tienen este lado más oscuro, bizarro o desprejuiciado, depende el punto de vista, donde liberan sus tensiones.

Desde ahí nos fuimos a Ginza, una zona que es la antítesis de Akihabara completamente. Acá se encuentran las casas más top de ropa, de joyas y de electrónica donde había hordas de gente realizando compras cuando a nosotros no dejaban de asustarnos los precios.

Volvimos al hostel y después de bañarnos y juntar fuerzas, decidimos ir a conocer la noche de Tokio. Nos habían recomendado Roppongi como la zona con bares y boliches con más movimiento de la capital nipona, así que nos tomamos el subte hacia allí después de una previa en el hostel.

Llegamos y había varios barcitos de no gran tamaño uno al lado de otro. Nos decidimos por uno porque estaban pasando música latina. Nos pusimos a bailar y como siempre Vicky buscó interrelacionarse con la gente allí presente. Enseguida pego buena onda con dos chicas que estaban con un grupo de amigos. Max, a una corta distancia, enseguida se dio cuenta que eran lesbianas pero Vicky ni lo sospecho. Ella chocha les preguntaba cosas de su vida y lugares para visitar de su país. En un momento, una de ellas le toca la cola a Vicky (para decirlo de forma sutil). Ella horrorizada y sin entender nada, salió corriendo a colgarse de Max, que entre risas le explicaba la situación. Salimos de ese bar donde había poca gente en busca de algún otro con más movimiento. En el camino, no parábamos de cruzar travestis, africanos que ofrecían sexo con mujeres y mujeres que ofrecían masajes con happy ending. Finalmente la noche terminó en otro bar, pero hasta el día de hoy nos preguntamos si esa es la noche de Tokio o si le erramos de horario o barrio.

A la mañana siguiente visítamos el Yoyogi Park.

Este es un parque arbolado inmenso en medio de la ciudad y en cuyo interior se encuentra el santuario Meiji. Para nuestra alegría, aparte de ver los rituales antes mencionados, se estaba llevando a cabo un típico matrimonio japonés.

Después de un par de horas enfilamos con destino al Metropolitan Government building, un rascacielos de 243 metros de altura donde se encuentran los dos mejores miradores para contemplar la ciudad de Tokio desde arriba (y encima son gratuitos).

Como ya comentamos, comer en Japón no era nada fácil para nosotros ya que no entendíamos ni jota del idioma y ellos no hablaban inglés.

A pesar de encontrar estos inentendibles menúes en todos lados, en varios de estos lugares teníamos la ayuda de las maquetas de los distintos platos, lo que nos permitía tener una idea aproximada de en qué consistía cada uno. Vale aclarar que estas maquetas eran bastante poco tentadoras.

El último día teníamos un tren a Kyoto que salía a las 6 de la tarde. Si bien el día no acompañaba, decidimos visitar dos de los parques más importantes de Tokio, el Shinjuku Park y Park Ueno.

En Japón la cantidad de gente que vive es enorme y el espacio donde viven reducido. Muchos de los departamentos se notaba que no les sobraba nada de espacio. Es por esto que en todos los parques veíamos familias o grandes grupos de amigos reunidos sobre una lona alrededor de la comida que habían traído.

Justo este domingo lluvioso esto era mucho más evidente ya que a pesar de la lluvia igual estaba lleno de gente de picnic.

El Shinjuku Park era un parque enorme con muchísimo verde, árboles y jardines de distintos estilos (inglés, francés y japonés). A pesar de haber bastante gente, no sentíamos ninguna sensación de agobio o falta de espacio. Todo lo contrario nos sucedió en el Park Ueno, donde había tanta gente que casi salimos corriendo. Avanzar tan solo unos cuantos metros llevaba varios minutos, con la gente haciendo picnic incluso sobre el cemento. Una atracción que tenía este lugar era la feria de comidas, donde todos los locales hacían cola para comprar las distintas “exquisiteces” que allí se vendían.

También nos encontramos con una orquesta que invitaba a cualquier espectador a dirigirla y a un grupo de japoneses con jopo a la gomina y camperas de cuero, bailando un rockabilly de los ’70 (lo gracioso es que los volvimos a ver en una nota de una revista en el avión a Boracay varios días más tarde).

No podemos cerrar este post sin mencionar dos cosas que nos habían llamado la atención al pisar Tokio, a pesar que después nos terminamos acostumbrando. Por un lado, está lleno de gente con barbijos. En las calles, los subtes y hasta en los parques rodeados de árboles.

Y la otra cosa son los inodoros. No queremos sonar escatológicos, pero la verdad que estos son increíbles, te calientan el culo, te lo lavan y también tienen un par de botones más que no nos animamos a apretar por las dudas.

Llegado el momento nos dirigimos a Tokio station desde donde, tras un trayecto de cuatro horas, el tren nos terminaría depositando en Kyoto.

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