El vuelo de ida resultó un calvario. El tiempo estaba feo y el avión se movía como una coctelera. Sufrimos muchas turbulencias, pero lo peor era que dábamos vueltas sobra la ciudad y no podíamos descender. Vicky se había hecho amiga de un singapurense que estaba sentado al lado, que aparte de darle varios tips sobre Singapur, intentaba infructuosamente tranquilizarla.

Finalmente aterrizamos en Changi, el mejor aeropuerto del mundo. Increíblemente llegas y te dan una guía turística del aeropuerto ya que en estas 1300 hectáreas hay varios parques infantiles para niños, jardines de todo tipo (cubiertos y al aire libre), una pileta, cines, un jardín de mariposas, áreas de descanso y relax, máquinas que dan masajes en los pies, incontables tiendas y opciones de alimentación para todos los gustos y bolsillos, un supermercado, lavandería, City Tours gratis e incluso un tobogán de 12 metros de altura! Lamentablemente no pudimos recorrerlo bien, ya que debido al atraso que traíamos teníamos que llegar cuanto antes al hostel. Cuando llegamos al mismo no querían recibirnos porque ya había pasado el limite horario al cual se podía llegar. Acá ya empezábamos a ver cuán estrictos eran en esta ciudad-estado. Por suerte logramos convencerla y nos fuimos enseguida a recorrer las cercanías. Si bien era día de semana, era increíble como a la una de la mañana no había nadie en la calle.

Las normas son claras en este lugar. El tráfico de drogas está prohibido, a riesgo de sufrir pena de muerte (no se preocupen, la yerba no fue un problema). Pero también está prohibido comer chicle o cruzar por algún lugar que no sea la senda peatonal. No cumplir puede llevar a una multa de 1000 dólares singapurenses (740 USD) o un mes de cárcel. Tampoco está permitido demostrar demasiado afecto en público, al punto tal que era muy raro ver parejas abrazadas o incluso caminando de la mano.

Para entender este contexto es necesario conocer un poco la historia de Singapur. Una isla que en el siglo XVII fue arrasada por los portugueses y en 1823 la compro el británico Sir Thomas Raffles para la Compañía de las Indias Orientales, transformándose en escala para los barcos ingleses y el centro mundial del comercio del caucho. En 1942 fue invadido por Japón pero tras el fin de la Segunda Guerra Mundial la recuperan las tropas británicas. Después de varias revueltas, en 1959 lo reconocen como estado autónomo. Recién en 1963 lograría su independencia, uniéndose a Malasia para dos años más tarde separarse y pasar a ser lo que hoy conocemos como Singapur.

En solo 50 años pasaron de estar destruidos a tener el mayor PBI per capita del mundo, tener uno de los 5 puertos con más movimiento del mundo y ser uno de los principales refinadores de petróleo del mundo (a pesar de no tener petróleo propio). Esto lo lograron poniendo un gran énfasis en la educación, estableciendo el inglés como primera lengua en los colegios y una fuerte cultura meritocratica para poder crecer. Como contrapartida, las normas que se establecieron para lograr ordenar la sociedad y llegar a este estado actual fueron muy estrictas. Aún hoy en día sigue existiendo el castigo físico (golpes de bamboo) para algunos delitos y hasta la pena de muerte para delitos más graves. A diferencia de nosotros que en tan solo un día nos sentimos incómodos con tantas normas, los singapurenses en general las ven con buenos ojos ya que los llevaron a lo que son hoy como país.

Como teníamos solo un día en esta ciudad, arrancamos bien temprano para poder ver lo más posible. Lo primero que visitamos fueron los jardines botánicos, enormes y perfectamente cuidados, con varias excursiones escolares y gente corriendo. Entre los distintos tipos de vegetación y un parquecito de bonsais, había varios lagos con peces, tortugas de agua dulce y hasta iguanas. Le dan muchísima importancia a los espacios verdes, su eslogan es que son una ciudad con jardines y quieren ser un jardín con una ciudad dentro.

Como varias otras ciudades, Singapur también tiene un China Town, pero además existe un barrio “Little India”. Recorrimos estos barrios y después fuimos a Orchard Avenue, una avenida plagada de shoppings y casas de las marcas más caras y exclusivas. Nos impresionó grandemente el exceso de shoppings y casas de compras, ya que podían encontrarse muchísimos por todos lados. Claramente es una ciudad que mueve mucha plata y donde el consumo es rey. Fuimos al ION Sky, donde subimos hasta el piso 54 y desde donde vimos todo Singapur desde arriba.

Seguimos caminando y llegamos a Marina Bay, donde hay un león con cuerpo de pez (símbolo que representa a Singapur). Desde ahí nos dirigimos al Marina Bay Sands, un hotel de tres torres cuya terraza tiene forma de barco, abarca las tres torres y tiene una pileta que recorre todo el barco llamada Infinity Pool. Subimos a un bar en el piso 57 desde donde pudimos ver toda la Marina Bay desde arriba.

Todos los días alrededor de las ocho de la noche hay un show de luces en Marina Bay. Abandonamos el único barco del mundo que surca los aires y birra en mano nos preparamos para ver el show. El mismo consistía en una combinación de luces (que provenían de los edificios y de unos barquitos desde el agua) y unas aguas danzantes, ambas perfectamente coordinadas de forma tal que en varias cortinas de agua se proyectaban diferentes capítulos de una historia de vida. La historia resultó bastante cursi, pero el despliegue del show realmente supero nuestras expectativas.

Regresamos al hostel, agarramos nuestras valijas y nos tomamos el subte al aeropuerto. Había sido una estadía corta pero intensa. A lo mejor dos o tres dias hubiese sido la estadía ideal, pero sentimos que nos alcanzó para llevarnos una idea general de Singapur. Un par de horas más tarde nos embarcamos con rumbo a Tokyo.

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