Nos subimos a un ferry que tras dos horas de viaje y pasar por Lombok y Gili Air finalmente llegó a Gili Trawangan, nuestro destino.

Paramos directamente en la playa, bajamos las valijas y arrancamos a pie hacia el hostel. En esta isla no hay autos ni motos, la única forma de trasladarse es tracción a sangre. Caminando, en bici o en unos carritos tirados por caballos que al principio nos parecieron simpáticos pero que después terminamos odiando por tocar continuamente una bocina muy molesta cada vez que transitaban por las pequeñas calles de la isla.

 

Llegamos al hostel que sería nuestra casa por los próximos seis días y donde desarrollamos algo parecido a una rutina, ya que todos los días tomábamos el desayuno, íbamos a la playa, almorzábamos comida típica Indonesa, a la tarde salíamos a correr alrededor de la isla y a la noche salíamos al bar de turno.

Las playas esta vez sí estaban a la altura de las expectativas, incluso más. Estas eran paradisíacas, el agua transparente, la temperatura ideal y el agua está vez si refrescaba!

El agua era tan transparente que podían verse los peces de colores nadando algunos metros más abajo. Esto sería solo un avance de lo que veríamos más tarde en el buceo.

Acá nos encanto la comida local, el plato más típico siendo el “Mie Goreng” que consistía en fideos fritos con vegetales y pollo con un huevo frito arriba y el ” Nasi Goreng” que cambiaba los fideos por el arroz. El dato clave era remarcar una y mil veces que fuera “no spicy” porque si lo hacían como lo comían ellos, ni todo el agua del mar alcanzaba para apagar el incendio.

A la tardecita nos íbamos al otro lado de la isla a disfrutar de los atardeceres. A veces íbamos en bici y nos sentábamos a tomar una cervecita mientras veíamos caer el sol detrás del volcán de Bali y a veces pasábamos corriendo, disfrutando las diferentes vistas desde los distintos lugares a medida que languidecía la luz del sol.

Había varios barcitos en la isla, pero  todos los días cerraban todos a las doce y quedaba uno solo abierto que concentraba a toda la gente de la isla. Cada día la movida era en un bar diferente aunque todos a una distancia caminable.

Todos los días a la noche, a unas pocas cuadras de casa, abría un mercado donde iban los locales y algunos turistas a comer comida típica y la pesca del día. Con la idea de siempre de experimentar cosas nuevas, una noche decidimos internarnos entre todos los stands, algunos con pescados enteros, calamares y algunas otras cosas que nunca pudimos identificar (muy poco tentadoras). Finalmente nos inclinamos por unas brochetes de mahi-mahi y tuna a la parrilla. Inesperadamente, nos encantaron.

Como mencionamos en el post anterior, la fruta no era muy buena en Indonesia, aunque los jugos si lo eran. Entre varios que tomamos, un día elegimos uno de una fruta típica de la zona. El jugo de dragón fruit tenía un color que parecía artificial de no ser que vimos como cortaban la fruta y lo hacían enfrente nuestro.

Uno de los días llegó el momento de llevar a la práctica los conocimientos que habíamos adquirido en el curso de buceo antes de arrancar el viaje.

Madrugamos y salimos temprano en un barquito en busca del “turtle heaven”. Acá vimos unas tortugas enormes, de alrededor de 100 años, y todo tipo de peces coloridos. Estaban todos los personajes de Nemo y los colores eran tal cual. Era tan impresionante que no parecían reales.

Quedamos encantados y expectantes de futuros buceos en otros países.

Poco antes de irnos descubrimos una creperia que tenía panqueques de varios tentadores gustos, entre ellos dulce de leche casero! Obviamente no podíamos dejar pasar esta oportunidad, así que pedimos uno a ver qué tal era. Resultó riquísimo y muy parecido al dulce de leche, golazo.

Lamentablemente, llegó la hora de despedirse de esta isla que nos regaló unos paisajes impresionantes.

  

Volvimos a Bali y a su desordenado tráfico y tras un par de horas llegamos al aeropuerto para tomar el avión a Singapur.

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