Desembarcamos en Bali y apenas pasamos migraciones nos aplastó un calor agobiante y más de cien pibes ofreciéndonos un taxi. Esto sería solo un adelanto de lo que nos esperaba.

Nos subimos todos a la combi y arranco la desventura del tráfico balinense. Los semáforos brillan por su ausencia y los conductores tocan bocina cada dos segundos avisando que vienen. Ni hablar de las motos, cuasi kamikazes tirándose entre los autos. Estas motitos infernales son el medio de transporte más utilizado ya que es la forma más rápida de llegar a todos lados dado el intenso tráfico.

Llegamos al hostel agradecidos de los aires acondicionados en los cuartos y deseando que este insoportable calor fuese algo temporal (pobres ilusos).

A la mañana siguiente tomamos el desayuno en el hostel. Estábamos ilusionados con probar la fruta, ya que esperábamos todos tipos de frutas tropicales. Resultó ser una esperanza infundada, ya que la fruta nos resultó bastante insípida. Y esto nos sucedió en cada lugar de Indonesia, lo que nos decepcionó bastante.

Al terminar el desayuno, encaramos para el sur de Bali. Nuestro primer destino fue Dreamland Beach, una playa paradisíaca.

La única contra era que el agua estaba calentita, al punto tal que no servía para refrescarse ante los agobiantes 38 grados centígrados. Nos habían dicho que no podíamos dejar de ir a Padang Padang, por lo cual después de almorzar nos dirigimos hacia allá. Esta es una pequeña playa con vistas increíbles.

Esto es lo único que pudimos rescatar. Estaba llena de gente, sucia y encima el agua era una sopa por lo caliente. Con el correr de las horas, Max ya estaba insolado y el hecho de que el mar no refrescará ni un ápice solo aumentaba su malhumor hacia esta playa.

Por suerte abandonamos este, para nosotros, nefasto lugar y nos encaminamos a Uluwatu. Aquí llegamos a una playa entre acantilados. El agua era más fresca y el camino hacia el agua entre los acantilados estaba plagado de barcitos con una vista inigualable del atardecer sobre el mar.

Terminamos la noche yendo al Sky Garden, un boliche de 3 pisos en la zona de Kuta. Resultó ser un lugar bastante bizarro; dependiendo del piso podíamos encontrar pistas con todos locales, todos extranjeros o un poco de todo. Además de esto, había una barra donde fritaban varios tipos de comidas típicas.

A la mañana siguiente al salir del cuarto nos rodeó el olor característico del incienso. Este venía de una pequeña ofrenda que habían dejado bajo nuestra puerta. Ante nuestra curiosidad, la gente del lugar nos contó que cada mañana dejan estas ofrendas con arroz, flores, comida e incienso a los dioses para pedirles protección. Y esa misma tarde, las mujeres preparan las ofrendas que serán colocadas la mañana siguiente. Estas ofrendas están por doquier. Tantas hay que varias terminan siendo pisoteadas por los peatones o aplastadas por motos y autos.

En el camino al templo de los monos, el conductor nos iba contando algunas cosas características de Bali, una ciudad hindú en medio de un país musulmán. Nos había llamado la atención la proliferación de templos. Esto era resultado de que cada familia tenía un templo propio donde solo ellos podían rezar y hacer ofrendas. Aparte estaban los templos de cada ciudad, región y demás. Como podrán darse cuenta, esta es una ciudad muy religiosa.

Llegamos al templo de los monos y dejamos la comodidad del aire acondicionado de los autos para internarnos en el bosque, donde encontraríamos templos del siglo XIV y más de 600 monos que circulaban impunemente entre la gente.

Estos monos eran muy simpáticos pero también unos hábiles ladrones, al punto tal que recomendaban no entrar con cosas pequeñas y brillantes ni botellas de agua a la vista. Resultó ser que cualquier precaución se quedaba corta.

Dejamos a nuestros nuevos amigos y continuamos rumbo a Seminyak, una zona más cheta con playas más grandes a pesar de no ser tan paradisíacas. Acá por suerte el agua si refrescaba, sin dejar de estar a una temperatura ideal para quedarse horas en el agua.

En los últimos tiempos, Bali se ha transformado en una ciudad muy turística. Caminando por el centro, se ven tanto casas de grandes marcas como las típicas tiendas que venden desde souvenirs hasta ropa, algunos incluso ofreciendo servicio de lavandería. No podes dar un paso sin que te intercepte alguien tratando de venderte algo. Y es obligatorio regatear cuando queremos comprar algo. Arrancan pidiendo una ridiculez y al final te lo terminan dejando por el 30 por ciento o menos. Al principio es divertido, pero a la larga cansa tener que estar todo el tiempo regateando. Además no nos llevamos una buena impresión de los balinenses, ya que más de una vez trataron de cagarnos. A unos amigos por ejemplo cuando fueron a cambiar plata les hicieron una jugarreta y les quisieron sacar 900.000 rupias (aproximadamente 70 USD). Por suerte se dieron cuenta y volvieron a reclamar. Mientras les devolvían la plata, al verse descubiertos, los balinenses solo se reían al fracasar en su estafa.

A la noche fuimos para la zona de Jimbaran. Por la zona hay un fish market y varios restaurantes donde uno elige el pescado que va a comer (hay peceras con langostas y cangrejos vivos a plena vista) y según el peso y tipo de pescado es el precio. Una vez elegido que pescado íbamos a comer, nos sentamos en unas mesas a la orilla del mar iluminada por velas y la luna.

Nos quedaba solo medio día en Bali y sentíamos que nos quedaba mucho por recorrer, así que nos despertamos temprano y salimos a caminar por Kuta. Confirmamos nuestra idea que caminando por las callecitas se conoce mucho más. Dejamos la zona más turística y nos adentramos en zonas un poco más locales. Incluso encontramos una frutería, por fin! También encontramos varias “estaciones de servicio” que vendían nafta, común y premium.

Perdimos la noción del tiempo y cuando nos dimos cuenta nos faltaba solo media hora para tomar la combi a las Islas Gili y encima estábamos a 6 kilómetros del hostel. Nos habíamos propuesto salir a correr en cada ciudad que visitáramos. El agobiante calor de Bali había decretado que esta intención no se llevaría a cabo, pero ahora no nos quedaría otra opción.

Arrancamos a correr y los balinenses no paraban de gritarnos “Go, Go”, “Good excercise” y cosas por el estilo. Claramente éramos dos locos corriendo con una sensación térmica de alrededor de 40 grados. Estábamos haciendo un buen tiempo, pero cuando llegamos al lugar que nos marcaba maps.me no era nuestro hostel. Teníamos mal anotada la dirección. La desesperación nos invadió. Estábamos en la hora de salida y todavía no habíamos llegado. Sabíamos que estábamos cerca, pero no lográbamos ubicarnos. Desesperados, paramos un taxi, negociamos un precio y arrancamos. A las cinco cuadras, llegamos a una zona donde ya identificamos las calles que nos sonaba haber transitado. De repente el tráfico nos paro y no avanzábamos más, así que negociamos un nuevo precio con el taxista por la distancia recorrida, nos bajamos y arrancamos a correr de vuelta. Por fin llegamos al hostel y por suerte la combi se había atrasado y recién estaba llegando.

Antes de arrancar, Vicky cruzó al colegio de en frente. Ella quería chequear una idea que hace tiempo rondaba en su cabeza (que aparte es una teoría popular). Los niños irradian alegría, ya que todo lo que experimentan es novedoso y no tienen ninguna obligación. Cosa que va cambiando a medida que uno va creciendo. Confirmando esta teoría, los chicos del colegio, al ver una chica diferente, se morían de risa y estaban encantados de sacarse fotos haciendo morisquetas.

Abandonamos Bali con destino a Gili, Vicky con ganas de volver para conocer un poco más el Bali real, Max chocho por dejar el calor infernal y dirigirse a un mar que proveyera aunque sea un mínimo refresco.

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