Después de dormir 6 horas en el piso del aeropuerto de Auckland, embarcamos el avión hacia Sydney. Veníamos obnubilados por los paisajes que habíamos visto alrededor de todo Nueva Zelanda pero fue poner un pie en Sydney y darnos cuenta cuánto nos estaba haciendo falta una gran ciudad.
Pasamos del frío de los últimos días al calor de Sydney, tiramos las valijas en el hostel y ya estábamos listos para salir a recorrer. Tanto apuro por salir se debía en parte a nuestras ganas de conocer, en parte a que solo teníamos tres dias en esta ciudad y en parte por el hostel en el que nos estábamos quedando. Lo bueno era que estaba muy bien ubicado. Lo malo era todo lo demás. Nos toco el cuarto “The Church”, con un cartel en la entrada que decía “32 camas, 31 oportunidades”.

Empezamos a conocer la vida del hostel y nos dimos cuenta que este cartel era demasiado optimista. Entre la mina que fuera la hora que fuera que llegáramos, estaba tirada en su cama mirando un dvd; el que había convertido su cama en cocina, cuarto y depósito; el que paseaba en paños menores intentando seducir a las mujeres y varios personajes más, las 31 oportunidades se reducían drásticamente.

Retomando el hilo de nuestra historia, estábamos de recorrida por Sydney. Cruzamos “Sydney Harbour Bridge”, que atraviesa la bahía de Sydney conectando el centro financiero con la costa norte (zona más bien residencial y comercial), recorrimos los alrededores del Opera House y paseamos por Darling Harbour. Como siempre, para todos estos recorridos preferimos evitar el transporte público y hacerlo caminando. Creemos que de esta forma logramos conocer mucho más los lugares. No hay nada mejor que perderse entre las diversas callecitas a lo largo del trayecto e ir descubriendo a medida que avanzamos.

En Darling Harbour (una especie de Puerto Madero pero mucho más lindo) paramos a descansar y almorzar algo. Nos habían dicho que en Sydney había un Hyde Park. Obviamente no se compara con el de New York, pero de todos modos nos sorprendió tanto verde en el medio de la cuidad. Encantados con este parque, no dudamos en tirarnos a dormir una siesta en el pasto en frente de la catedral.

Volvimos al hostel, nos bañamos y salimos para la zona del Opera House. La movida arranca y termina temprano. Alrededor del Opera, con vista a la bahía, se pueden encontrar varios barcitos y restaurantes que le agregan bastante onda a la gran vista. Todos los días a las 8 de la noche hay fuegos artificiales que pueden disfrutarse desde estos mismos bares mientras saboreamos nuestra cerveza.

Como justo llegamos a Sydney en St. Patrick’s y todos los bares lo estaban festejando, terminamos nuestra cerveza y partimos a encontrar un buen bar para honrar a este santo adecuadamente.

Al día siguiente nos tomamos un bondi hasta Cooge, a tan solo 15 minutos del centro. Desde ahí caminamos hasta Bondi Beach pasando por Bronte entre otros lindos lugares durante dos horas. Nos llamó la atención en el camino un cementerio que daba a la playa con una vista increíble. Lamentablemente los moradores de dicho lugar no podían disfrutarla.

Llegamos a Bondi Beach y lo primero que vimos fue una pileta al lado de la playa. Vicky, acostumbrada a nadar en piletas cubiertas en distintos gimnasios, quedo anonadada con semejante pileta, que en contraste con las antes mencionadas hacia qué estas parecieran pequeñas y hasta deprimentes.

Disfrutamos la playa durante un buen rato y después volvimos al centro. A pesar de estar agotados queríamos aprovechar el poco tiempo que teníamos a toda costa. Por ello decidimos salir a correr por los jardines botánicos, así matábamos dos pájaros de un tiro. Para nosotros, el deporte es de por sí un gran placer que se ve potenciado al hacerlo a la misma vez que vamos conociendo nuevas ciudades y lugares. Corriendo por los jardines, nos vimos sorprendidos al doblar en un recodo. Frente a nosotros, enmarcado entre los árboles, apareció el Opera House con el sol cayendo detrás.

Para finalizar el día, fuimos a un boliche en Darling Harbour. A pesar que en nuestra corta estadía en Australia nos había parecido que había mucha gente linda, este lugar era la excepción. De todos modos armamos una ronda mientras llenábamos la despoblada pista de baile. Poco a poco los locales se fueron acercando y no pasó mucho tiempo hasta que varios de ellos terminaron en el centro bailando, incluyendo unas chinas con tutu de danza multicolor que estaban de despedida de solteras.

Nos habían recomendado visitar algún rooftop bar, ya que la vista de Sydney desde arriba y de noche es encantadora. Lamentablemente nuestra característica impuntualidad nos jugó en contra esta vez, ya que llegamos 12.20 y solo permitían subir hasta las 12 en punto. Decepcionados, nos fuimos a dormir temprano.

Era el último día y a la tarde salía nuestro avión. Teníamos unas pocas horas más todavía para seguir disfrutando de Sydney. Amanecimos temprano para visitar Manly, zona de playas muy recomendable. Lo lindo aparte de las playas y la zona, es la opción de ir a Manly en ferry. Opción nada cara y que encima nos brinda la posibilidad de ver Sydney desde una óptica diferente.

Esta ciudad nos encanto por lo cosmopolita, por incluir magníficamente el combo ciudad+playa, por los increíbles parques y vistas y por su incesante ir y venir.

En viaje hacia el aeropuerto íbamos pensando que nos habían quedado mil cosas por hacer en Australia. Definitivamente era un destino para volver a visitar con más tiempo en el futuro.

Cansados pero felices, embarcamos con destino a Bali, Indonesia.

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