Llegamos a Christchurch, una ciudad que hace cinco años se vio sorprendida por un terremoto que destruyo varios barrios. Después de charlar con el chofer del shuttle, llegamos a la conclusión que este dato era la mayor atracción de esta ciudad.

Generalmente el quilombo y desorden corren por cuenta de Vicky pero esta vez fue Max el que dio la nota. Al bajar en el hostel se dio cuenta que había perdido la billetera con todas las tarjetas y plata. Después de mil llamados y horas de musiquita de espera (otra vez) y mientras la ansiedad y mal humor de Vicky aumentaban exponencialmente, logramos comunicarnos con la empresa del shuttle. Enseguida nos dijeron que la tenían ellos y que en un rato pasarían a dejárnosla por el hostel. Al par de horas llego con todas las tarjetas y plata, sorprendiéndonos gratamente.

En esta parte del viaje dejábamos de estar solos. Nos juntábamos con amigos para recorrer la isla en motorhome. La motorhome se iba a transformar en medio de transporte, lugar para dormir, cocina, lugar de estar y hasta baño las 24 horas del día por 8 días.

Luego de un par de horas de trámites burocráticos, nos subimos a la motorhome y arrancamos viaje hacia el Abel Tasman National Park.

La primer parada fue en Kaikoura, un pueblito muy pintoresco pero que no pudimos disfrutar mucho porque llegamos cuando ya empezaba a oscurecer.

Cargamos agua para el mate y seguimos viaje hacia Nelson. Nos habíamos imaginado estacionar nuestras nuevas casas en un lugar con paisajes idílicos y mucha naturaleza. Grande fue la decepción cuando terminamos entrando a un parking rodeado de cemento en el medio de Nelson, que encima deberíamos abandonar antes de las 8 am para evitar el cobro del estacionamiento.

Esta realidad no lograría afectarnos, ya que arrancamos con todas las ganas los últimos kilometros hacia el Abel Tasman. Este es un parque nacional enorme, donde se pueden hacer excursiones de hasta 2 o 3 días para recorrerlo. Tiene playas espectaculares rodeadas de frondosas montañas, generando paisajes de ensueño.

Mientras recorríamos el parque, nos cruzamos con miles de turistas de todas las nacionalidades y edades. Desde gente de 70 hasta parejas con bebés, confirmando que no hay límite de edad ni hijos para conocer cosas nuevas.

Maravillada con todos los paisajes, Vicky no paraba de sacar fotos. En un momento, en un caminito rodeado de vegetación le pidió a Max que saque una selfie. Buscando la mejor posición para la foto, no vio el precipicio al costado del camino. Cuando Max estaba por sacar la foto, escucho un grito a su espalda y Vicky desapareció del foco. Vicky había caído al precipicio! Gracias a dios una rama detuvo su caída y lo que podía terminar en tragedia terminó en anécdota graciosa, confirmando que son reales las estadísticas que dicen que hay más muertes por selfie que por ataques de tiburones. Dejamos este increíble lugar atrás y enfilamos hacia el Franz Josef Glacier.

Muertos de hambre, paramos a almorzar a la vera de la ruta. Después de cocinar y poner las mesas y sillas para comer al aire libre, una ligera llovizna nos regaló un increíble arco iris.

Nueva Zelanda está muy bien preparado para el turismo aventura. Por todos lados hay zonas para acampar, baños públicos y  estacionamientos para motorhomes. Teníamos dos aplicaciones que nos facilitaron la vida. “Maps.me” que permite acceder al mapa de cualquier país de manera offline y funciona como gps (la cual nos va a acompañar en el resto de los paises) y “Campermate” que enumera las estaciones de servicio, campings, cajeros y otros lugares de interés de cada zona en la que estábamos de Nueva Zelanda.

Al otro día madrugamos para llegar al glaciar bien temprano. En la ruta íbamos viendo mucho verde y miles de ovejas, con grandes expectativas del Franz Josef. Al llegar al glaciar nos decepcionamos un poco. Habíamos hecho 15.000 km para verlo, cuando a tan solo unos pocos km teníamos el Perito Moreno que le daba mil vueltas.

Dormimos en un camping rodeados de montañas bajo las estrellas, lo que mejoró  nuestra percepción del lugar. A la mañana siguiente salimos para Queenstown, parando a almorzar en Wanaka, frente a un lago increíble.

Un rato después llegamos a Queenstown, una ciudad que nos encanto y nos hizo acordar un poco a Bariloche. A la noche, después de tomar algo en el camping, arrancamos para el boliche. Al llegar nos impresionaron los controles para entrar. Incluso te rebotaban si les parecía que habías tomado mucho. Más tarde nos enteramos que tantos controles eran para tratar de combatir el tan extendido alcoholismo de esta sociedad.

Estábamos rompiendo la pista, cuando de repente un patova se acercó a Vicky y le dijo que tenía que abandonar el boliche por parecer alcoholizada. Por lo visto el baile latino era demasiado eufórico para lo que ellos estaban acostumbrados a ver. Ahí entendimos porque los extranjeros se vuelven locos cuando conocen la noche porteña. Lo gracioso fue que cuando la estaban echando a Vicky, ella parecía no entender. Un par de amigas le traducían. Indignada, ella respondió que entendía perfectamente lo que el patova le decía pero lo que no podía entender era como podían echarla a ella, acostumbrada como estaba a ser la atracción de la noche.

Al arrancar el día, recorrimos la pequeña ciudad y acompañamos a los que querían tirarse del Bungee Jumping. Más tarde realizamos un tiki walk, subiendo la montaña a pie en vez de subir por la góndola. Esto, aparte de ser un necesario ejercicio, nos permitió deleitarnos con espectaculares vistas de la ciudad.

Arriba de la montaña, nos subimos a unos cartings que bajaban montaña abajo corriendo carreras. Esta vez nos acostamos temprano porque al otro día salíamos para Milford Sound.

A lo largo de los casi 300 km hasta Milford Sound, no paraban de impresionarnos los paisajes que cruzábamos. Llegando nos sorprendió la lluvia. Resulta que acá llueve alrededor de 300 días al año, metiendo a Milford Sound en el top 10 de lluvias mundiales casi todos los años. Esta lluvia no iba a evitar que conociéramos los fiordos, particularidad que solo se encuentra en este país y un par más. Un fiordo es una estrecha entrada de mar formada por la inundación de un valle escavado por un glaciar. Este fiordo particularmente fue declarado patrimonio de la humanidad. Un fenómeno que se da en este lugar del mundo nos llamó la atención. Los árboles crecen sobre una capa de musgo que se forma sobre las rocas, entrelazando las raíces con otros árboles, generando así un delicado equilibrio en el cual si un árbol se desbarranca, arrastra consigo muchísimos árboles más. Las lluvias al pasar por este entramado y caer al mar arrastran consigo minerales que forman una “capa verde” de un par de metros. De esta forma, a tan solo 5 mts de profundidad, el ambiente es el mismo que a cientos de metros en un mar normal, dando lugar a un ecosistema acuático de grandes profundidades.

Las lluvias de Milford Sound ya nos acompañarían por el resto de los días que nos quedaban. En el camino de vuelta nos agarro la noche con demasiados km por delante hasta el próximo pueblo. Decidimos entonces buscar un descampado donde poder estacionar las 3 motorhomes. Al fin y al cabo era donde dormiríamos de todos modos.

Amanecimos con la idea de ir a Mount Cook que nos habían dicho que tenía un mirador con una vista envidiable. Lamentablemente la continua lluvia y niebla hicieron que este plan fuera inviable. En vez, enfilamos hacia el Lake Tekapo. Un lago enorme y muy lindo.

De pasada vimos varios criaderos de salmón, en unos lagos con aguas de colores impresionantes. En el lago terminamos durmiendo una siesta reparadora antes de seguir viaje hacia Christchurch donde devolveríamos nuestra casa de los últimos días. Una vez ahí, arrancaron los tira y afloje con los dueños de la motorhome para que el seguro nos cubriera unos pequeños “toques de carrera” que habíamos sufrido. Agregándole un poco de humo a nuestra historia donde todo era culpa de otros, logramos convencerlos.

Finalmente llegamos al aeropuerto a esperar el vuelo para el próximo destino: Sydney.

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