Arribamos a Auckland después de 14 horas de vuelo para agarrar un auto y salir rumbo a Cape Reinga; el punto extremo de la isla norte, donde se juntan el mar de Tasmania y el Océano Pacífico.

Después de casi 500 km y 5 agotadoras horas de viaje (las rutas son buenas, pero todas mano y contramano y a veces muy sinuosas por ser entre montañas) llegamos a Te Kao. Un pueblito minúsculo en el cual paramos en el único almacén que había a comprar agua y algo de fruta.

Al momento de seguir viaje, la batata que habíamos alquilado empezó a hacer un ruido raro cerca del motor. No llegamos a avanzar 100 metros que el ruido se hizo insoportable, obligándonos a parar por miedo a que se rompa algo y quedar varados en medio de la nada.

Combinando el cansancio, el calor y el malhumor de pensar que todo el itinerario planeado se esfumaba a la primera de cambio, Max camino los escasos 100 metros hasta el almacén donde había un teléfono público. Mientras se fumaba la típica musiquita de espera y daba la misma explicación de la situación a tres personas distintas, Vicky esperaba ansiosa. A medida que la espera se extendía, la ansiedad aumentaba. De repente apareció una mujer con jugo, bananas y un sandwich en un plato de porcelana.

La primera reacción de Vicky fue de desconfianza. Quien baja del medio de la nada con comida y bebida para un perfecto desconocido? Pero a medida que la charla fluía (en inglés obvio) dicha percepción empezó a cambiar radicalmente. Tanto que terminó tomando mates y comentando fotos familiares en la casa de nuestra nueva amiga, de tan solo 83 años (parecía de 60, no es joda).

Mientras tanto, el mecánico había llegado y salimos a dar una vuelta a ver cuál era el problema. Por suerte resultó no ser nada grave. Con sentimientos encontrados por tener que despedirnos de Stella, le dimos arranque al auto y partimos.

Recorrimos los últimos 40 km hasta Cape Reinga, donde unos paisajes espectaculares nos recordaron la finitud y pequeñez humana.

Después de esta filosofía barata, seguimos rumbo a Paihia. Los paisajes eran uno más espectacular que el otro, pero el cansancio acumulado hacía que solo quisiéramos llegar a destino. Paihia es un pequeño pueblo costero, con bastante vida nocturna en los hostels llenos de gente joven. Tan llenos que después de una infructuosa hora de búsqueda concluimos que “No Vacancy” era la única respuesta que recibiríamos en todos lados. Agotados, decidimos dormir en un parking frente al mar. Incómodos pero arrullados por el ruido de las olas, caímos rendidos al sueño.

Todos estos contratiempos fueron olvidados cuando amanecimos y lo primero que vimos fue el amanecer sobre la costa de Paihia.

Después de tomar unos mates en la playa con semejante vista, arrancamos hacia las Waitomo Caves, previo paso por Whangarei donde nos dimos un baño por 2 dólares neozelandeses cada uno.

Cada pueblito que pasábamos en el camino era igual al anterior; una estación de servicio, un banco y el Mc Donald’s a la vera de la ruta.

Las Waitomo Caves son unas cuevas donde viven unos gusanos luminosos colgados del techo y cuyo ciclo de vida consiste en nacer, alimentarse a través de unos hilos que atrapan insectos y brillar mientras crecen. Como no tienen boca, una vez que son adultos solo tienen unas pocas horas para reproducirse antes de morirse de hambre.

Dejamos las cuevas rumbo a Rotorua, una ciudad que no pueden dejar de visitar. Hay miles de cosas para hacer (hasta te venden un día de campo esquilando ovejas y ordeñando vacas, insólito).

Lo primero que hicimos fue visitar el parque geotérmico Wai-O-Taupo. Madrugamos para no perdernos la erupción del geiser “Lady Knox”, increíblemente sucedía todos los días a las 10.15 am. Tanta puntualidad por parte de la naturaleza, comparada con la idiosincracia argentina y uruguaya era algo para no perderse. Rodeados de varias nacionalidades, donde primaban los orientales con sus características cámaras de fotos, terminamos riéndonos de nosotros mismos cuando un guía comentó que la erupción se debía a una reacción química entre el agua del geiser y un común jabón en polvo para lavar la ropa, que procedió a tirar luego de dicha explicación.

Los diferentes colores de los lagos, algunos con más de 100 grados centígrados de temperatura eran increíbles. Al igual que los olores que emanaban, bastante desagradables por cierto.

Nuestro día terminó como si tuviéramos 5 años, tirándonos en Oggo (una bola gigante llena de agua) colina abajo.

Desde Rotorua llegamos hasta Auckland, donde volvimos al tráfico y a la enorme cantidad de gente, en fin, a la gran ciudad. Salimos a correr por la costa y a la pasada ver algunas cosas típicas, como el Sky Tower.

Más tarde partimos rumbo al aeropuerto, devolvimos el auto después de casi 1500 km y nos preparamos para viajar a la isla sur.

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